Entonces, ¿cómo podremos vivir?

EL LLAMADO DE BEREA

Julio 2016

Por T. A. McMahon

tbcjul16

La Biblia es un libro increíble. Aunque esto es cierto, el decir esto de la Biblia no es suficiente. Todos los elogios se quedan cortos; no hay adjetivos que se puedan acercar lo suficiente para hacerle justicia. Pero eso no debe sorprendernos, ya que Dios es el autor. Como hemos escrito en otras ocasiones, la Biblia es la comunicación directa de Dios a la humanidad. Y desde el punto de vista que Él es infinito, aparte de Su Palabra no es posible que el hombre finito pueda saber en verdad nada más allá de los atributos generales de Dios que han sido revelados en la creación (Romanos 1:20). Todo el mundo puede inferir que el mundo material, desde la extensión amplia del universo hasta la intrincada complejidad de una célula, no podría haberse creado por sí mismo.Un diseñador tiene que haber participado, y tal diseñador tuvo atributos de sorprendente inteligencia, poder y presencia. Una simple observación y un poco de lógica son suficientes para llevar a cualquier persona a esa conclusión.

Por otro lado, las características de Dios en cuanto a carácter, así como Su plan y propósito para aquellos a quienes Él creó, no se puede llegar a ninguna conclusión a través de opiniones humanas, especulaciones y conjeturas. El hombre finito no tiene realmente idea alguna en lo que se refiere a los específicos, y eso es una de las principales razones por la cual hay tantas creencias diferentes y prácticas religiosas en el mundo. Dios debe informar a la humanidad acerca de verdades que el hombre no puede calcular o entender y esto Dios lo ha hecho a través de las Escrituras. Una de esas cosas (y este es el objetivo de este artículo) es la forma que un Cristiano bíblico, aquel que ha creído en el evangelio para la salvación y desee obedecer las instrucciones de la Palabra de Dios, desee también saber cómo debe conducir su vida.

La Biblia se refiere a veces como el “Manual de Fábrica” y se puede decir que es una buena descripción en lo que se refiere al contenido general de las Escrituras. Sin embargo, no muchas personas se toman el trabajo de leer el manual de instrucciones.Esta actitud no sirve mucho a la hora en que su más reciente aparato de cocina o su nuevo artefacto de entretenimiento no funciona e inevitablemente conduce a la inevitable frustración de “¿por qué no funciona?”. La misma actitud con respecto a la Biblia puede llevar al creyente a esa etapa de exasperación y aún puede ser peor. Como leemos en las Escrituras: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12; 16:25).”Muerte”, en este caso, significa separación de Dios. Existen ciertas áreas en la vida de un creyente en las cuales él o ella no consulta en las Escrituras para obtener instrucciones de Dios y si es así el caso de él o ella, tiene que suministrar sus propias ideas. Lo tiene que hacer a su manera y por lo tanto lo separa de la manera en que Dios instruye. A fin de cuentas,esta actitud lo va a conducir a una carencia de la gracia de Dios, en el mejor de los casos y a una destrucción física y espiritual, en el peor de los casos.

Recientemente he estado leyendo las Epístolas del apóstol Pedro y me di cuenta que el primer capítulo de su segunda carta es realmente un volumen compacto de la instrucción de Dios para los creyentes, así como también una gran exhortación para hacerlo que se dice en esta Epístola. Aunque no es un consejo completo de Dios con respecto a Sus instrucciones para todo aquel quien desee seguir a Jesús, es un documento excelente de autoevaluación para tomarlo en consideración,independientemente de nuestro grado de madurez en Cristo.

2 Pedro 1:1-21:

“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra: Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús.
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.
Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.
Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.
Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente.
Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.
Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.
Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia.Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.
Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.”

De hecho estas son palabras de Dios, transmitido por Su Santo Espíritu y escritas a través del instrumento humano llamado Simón Pedro.Aunque Pedro gloriosamente fue transformado durante Pentecostés, del hombre indeciso que era antes de este evento a un audaz hombre de Dios, estas fueron palabras de Dios y no fueron ideas de Pedro sino que fueron expresadas a través de una comunicación hecha por Pedro. Esto se pone de manifiesto al final del capítulo, pero necesita ser clarificado desde el principio: las declaraciones son de Dios mismo.

Los versículos del uno al cuatro nos aseguran que Jesús es Dios y que ha suministrado a los creyentes en Él con la preciosa fe a través del conocimiento de Él, habilitando a todos nosotros con todas las cosas en lo que se refiere a la vida y a la santidad. “Todas las cosas” significa todas las cosas. Esa frase afirma la suficiencia de la Palabra de Dios. ¿Qué otra fuente que no sea Dios podría suministrar todo lo que se refiere a la vida y a la santidad? No hay ninguna otra fuente. Lo que Jesús ha suministrado por completo permite a todo creyente en Él a participar en Su naturaleza moral divina, Su santidad. Como se nos recuerda en 1 Pedro 1:15-16: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está Sed santos, porque yo soy santo”. Esa es la única manera por la cual la pecaminosa y corrupción lujuriosa del mundo puede ser superada.

Si, como declara Su palabra, el Señor nos ha dado todo lo necesario para vivir nuestras vidas de una manera que sea agradable a Él, entonces, ¿cuál es nuestra parte? Se trata de una disposición de hacer lo que Él ha mandado. La respuesta puede parecer obvia, pero tal respuesta es resistida o evitada por muchos Cristianos hoy en día. Leemos en 2 Pedro 1:5-7 que el apóstol exhorta al creyente a cultivar lo que nuestro Señor ha provisto, y de tal manera ayudando a que nuestra fe crezca. Para que una fe madura pueda florecer, hay que sumarle virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, fraternal y caridad, es decir, amor. Amor, por supuesto, es la cualidad principal de la santidad y debe ser lo principal de todas las promesas de Dios.

Muy a menudo leemos esas palabras y las vemos como si fueran trivialidades o clichés espirituales. Por el contrario, no hay muchos versículos que sean más prácticos en su productividad. Si solamente nosotros los pusiéramos en práctica, “Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 1:8). Esto, por cierto, no es “conocimiento intelectual” sino conocimiento que produce fruto divino. Aquellas personas quienes, por las razones que sean, no toman en cuenta estos versículos la Escritura los caracteriza como ciegos y olvidadizos en cuanto a lo que Jesús ya ha hecho por ellos habiendo pagado el precio máximo por sus pecados.

Algunos escritores Cristianos han expresado su preocupación por la falta de buenas obras producidas por quienes dicen seguir a Jesús. Lamentablemente esto es una realidad de nuestros días. Sin embargo, algunos autores han tratado de corregir esta condición al enseñar que los creyentes quienes no tienen buenas obras recibirán un castigo temporal en el Tribunal de Cristo donde las recompensas son otorgadas. No. Es un error y no es compatible con las Escrituras; además, crea una idea al estilo de un purgatorio proveniente de la iglesia Católica Romana, que consiste en la expiación del pecado por el individuo mismo. También es una negación del pago completo por nuestros pecados, es decir, el Evangelio de Cristo. Lo que ha sido denominado como el “Tribunal de Cristo” para recompensas y pérdidas no tiene nada que ver con pecados de los creyentes. Jesús juzgará nuestras obras recompensando aquellas obras que tienen valor eterno y descartando aquellas que no tienen valor (1 Corintios 3:13-15).

Los versículos que leemos en 2 Pedro 1:10-11 son una exhortación a cumplir diligentemente con el Ministerio, los trabajos y el propósito a lo que el Señor nos ha llamado. Nuestra voluntad o nuestro deseo de cumplir con la obra ya es una garantía de nuestra productividad espiritual: “Porque si haces estas cosas, jamás caeréis”. También nos alienta a seguir adelante con seriedad y para que en el umbral del cielo podamos oír esas palabras maravillosas, “bien hecho, buen y fiel siervo” (Mateo 25: 21).

Pedro sabía por el Señor que estaba cerca del momento de su muerte, y su corazón era para recordar a los creyentes de las cosas que Él había enseñado para crecer en la fe. Para ello, nos da una idea acerca de un acontecimiento glorioso que él, Santiago y Juan habían sido testigos. Incluso más allá de escuchar la experiencia personal de Pedro de Jesús glorificado (que será igual cuando regrese), la enseñanza destaca los cimientos, la base, de todo lo que se había escrito anteriormente. En conclusión, Pedro señala que lo que él relata es un hecho histórico y que fue un testigo presencial de lo que vio, oyó y sintió en el Monte de la Transfiguración. Tengan por seguridad que en nuestro tiempo presente cuando los hechos basados en experiencia se han convertido como guía autoritaria en nuestras vidas para la mayoría de las personas, tanto en el mundo como en la iglesia, nadie ha tenido una experiencia como la que tuvo Pedro ( 2 Pedro 1:16-21).

Pedro, Santiago y Juan vieron a Jesús glorificado con sus propios ojos. No era ningún estado alterado de conciencia, no fue una visualización, tampoco fueron imágenes conjuradas por algún método místico contemplativo oriental. Era una realidad producida por Dios. Ninguno de los que enseñan que Dios no puede ser conocido por los sentidos, el intelecto o la Palabra escrita sino que sólo puede ser experimentado, nunca podrían producir un evento tan extraordinario. Por otra parte, es falso lo que producen a través de sus metodologías ocultistas, y si no es un engaño, es de influencia demoníaca.

Pedro ciertamente reconoce la increíble experiencia en el Monte de Transfiguración. Pero entonces él dice, “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos” (versículo 19). ¿Por qué, sin embargo, debemos aceptar como verdad la experiencia personal, subjetiva que describe Pedro? Algunos supuestos eruditos modernos de la Biblia lo consideran un mito. Definitivamente podría ser cuestionable, excepto por el hecho de que la experiencia de Pedro está documentada en la Palabra de Dios, y de acuerdo a Jesús, “tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Además, la verdadera experiencia es apoyada por “una más segura palabra de profecía,” y se nos exhorta a “prestar atención” a la Palabra escrita de Dios. No cabe duda alguna que los creyentes son privilegiados de tener experiencias en el Señor, pero esas experiencias nunca deben tomar el lugar de ni disminuir la autoridad de las Escrituras.

Tan maravilloso como puedan ser las experiencias espirituales, son personales y subjetivas y son un subproducto de la relación del creyente con el Señor. Carecen de base objetiva para uno discernir si son verdaderas. Por ejemplo, un amigo Cristiano relata cómo el Espíritu Santo lo dirigía en una determinada situación. Aunque esa experiencia, básicamente hablando era coherente con la Escritura, sin embargo debido a su naturaleza subjetiva, uno realmente no puede comprobar que en efecto era el Espíritu Santo que lo guiaba al creyente en tal situación. En algunos casos, la situación puede ser tan contraria a la Palabra de Dios que puede ser fácilmente descartada como algo que no es proveniente del Señor.

La Escritura, por el contrario, es objetiva. Es la verdadera prueba máxima para un creyente poder determinar lo que cree o lo que se está enseñado. Como Isaías escribió: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (8:20).
Pedro concluye el capítulo y subraya el hecho de que la profecía (es decir, las palabras escritas en la Escritura) no se originó del hombre (incluido él mismo), pero las palabras vinieron a través de hombres escogidos de Dios, quienes las escribieron como les fueron dadas por el Espíritu Santo. Numerosos otros versículos confirman esto, incluyendo 1 Tesalonicenses 2:13: “Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes”.

Así por lo tanto, ¡tenemos las palabras de Dios! Mi esperanza es que todos los que acaban de leer esa frase le den la importancia que se merece y la lleven en sus corazones. ¡Dios nos ha dado Sus palabras! Y, como hemos señalado aquí, en la segunda Epístola de Pedro como ejemplo, Su Palabra contiene instrucciones para cada seguidor de Cristo Jesús, la cual todos debemos obedecer para ser fructíferos y productivos en nuestras vidas como creyentes. No hay otra manera de agradar a Dios.

TBC

***

Traducción: The Berean Call

Corrección: Alexis “El Broder” Rodríguez

Título en inglés: “How Then Shall We Live?”

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Un pensamiento en “Entonces, ¿cómo podremos vivir?

  1. Tan maravilloso como puedan ser las experiencias espirituales, son personales y subjetivas y son un subproducto de la relación del creyente con el Señor. Carecen de base objetiva para uno discernir si son verdaderas.

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