¿Tenemos alguna esperanza?

EL LLAMADO DE BEREA

Enero 2016

Por T.A. McMahon

tbcene16

¿Tenemos alguna esperanza? Hay muchas maneras que podemos considerar esa pregunta. Por ejemplo, probablemente todos hemos escuchado a alguien decir, “Usted no tiene esperanza”, cuando las probabilidades de lo que se espera son abrumadoramente contra él. Hay apelaciones de última instancia, referidas a veces como “oraciones en trinchera”, en el que un soldado clama a Dios para salvarlo del enemigo invadiendo su posición. Hay invocaciones que son “un pacto con el diablo”. Algunas oraciones también adoptan la forma de encantamientos que supuestamente pueden manipular los poderes del universo solamente por ser manifestados en voz alta. Dentro del Cristianismo, muy a menudo la oración se ha convertido en un intento de manipular a Dios. La confesión positiva, que es básicamente un mandato a Dios para que Él actúe, y la cual es una técnica favorita entre el creciente número de Cristianos. A través de los años, libros y artículos de TBC (The Berean Call  / El Llamamiento Bereano) han versado en los muchos abusos de la oración. Nuestro objetivo en este artículo es en el enfoque de la oración bíblica — sobre todo, ¿qué dice la Biblia acerca de la oración, y estamos nosotros, como creyentes bíblicos,  siguiendo y de acuerdo a sus enseñanzas?

Esta publicación (TBC – The Berean Call / El Llamamiento Bereano) desde el principio, nunca consideró la oración como algo teórico o definiendo la oración, hablando académicamente, como un estudio en teoría. En realidad, nunca comenzamos nuestra jornada de trabajo sin primero pasar tiempo juntos, como compañeros de trabajo, en oración. Cada jueves en la mañana tenemos reuniones con nuestros empleados y lo dedicamos a la oración intercesora para aquellos quienes llamen, escriban, o los que nos envían un correo electrónico con sus peticiones. Hemos querido establecer esto al principio de este artículo, porque a medida que vayamos a ver los que las Escrituras declaran acerca de la oración, nos vamos a referir a nuestro tiempo de oración como un testimonio a la verdad de la Palabra de Dios.

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6). Lo más importante que hay que recordar es que la oración es la comunicación personal con Dios de parte del creyente. En casi todas las religiones y creencias religiosas, la oración es generalmente algo memorizado y ritualista, careciendo de cualquier cualidad personal. El Cristianismo bíblico es la excepción, porque un verdadero Cristiano, aquel que es nacido de nuevo por el Espíritu de Dios, comienza su vida en Cristo de una manera muy personal: con una relación íntima y muy personal con Jesús.

Una oración memorizada, mecánica o ritualista impersonaliza lo que debe ser una comunicación muy personal entre el creyente y el Señor. Sin embargo, una de las últimas tendencias dentro del Cristianismo que pretende promover la práctica personal y experimental de oración contemplativa realmente enseña oraciones repetitivas  (Lectio Divina), por ejemplo, decir una palabra o frase una y otra vez, a veces cientos de veces. Eso no es solamente impersonal sino que también es una comunicación disparatada. Aún así,  un influyente líder evangélico dentro del movimiento de la Iglesia Emergente afirma que ora a Jesús cada mañana repitiendo Su nombre cientos de veces. Más importante aún, esta práctica no es bíblica: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.  No os hagáis, pues, semejantes a ellos” (Mateo 6:7-8).  Todas las enseñanzas, acerca de la oración a través de las Escrituras, revelan claramente su  aspecto personal.

Aunque la pregunta popular “¿Qué haría Jesús?” parece que se hubiera transformado en algo así como un plan de ventas (por ejemplo, lo que se ve en pulseras y en gorros con las iniciales ¿”QHJ”? [WWJD?]), pueda motivarnos para indagar lo que realmente Jesús haría.  La oración es algo que definitivamente Él practicó, y lo hizo continuamente. El Hijo siempre estaba en comunicación con el Padre. A pesar de que diariamente era buscado por las multitudes, sin embargo Él hizo tiempo para estar solo y orar: “Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo” (Mateo 14:23). Si la oración era importante para el Dios/hombre perfecto, sin pecado, entonces debe hablar volúmenes a nuestros propios corazones que somos menos que perfectos y más  vulnerables al pecado y en terrible necesidad. Necesitamos orar. Las Escrituras nos dicen que  “continuó toda la noche en oración” (Lucas 6:12) y que se refirió al templo como “la casa de oración” (Lucas 19:46). Nuestro Señor oró por Pedro para protegerlo de Satanás: “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte…” (Lucas 22:31-32). Él dijo a sus discípulos “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41), “amad a vuestros enemigos… orar por los que os calumnian” (Lucas 6:27-28). Jesús dio a Sus discípulos un patrón para la oración (Lucas 11:1-4) y para los creyentes y nuevos creyentes, declaró: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Juan 17:20).

A veces nos olvidamos (si en realidad supimos alguna vez), que Jesús no sólo nos exhorta a orar, sino Él ya ha orado por nosotros y continúa orando por nosotros. Él ora por la protección y por la eficacia en el mundo: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15), “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él (Jesús) se acercan a Dios, (y Él, Jesús) viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34).

El hecho de que Jesús ora al Padre por nosotros es lo máximo que uno puede lograr, en lo que se refiere a oración intercesora. Ciertamente no podemos pretender entender cómo esto funciona, pero sí sabemos que fue lo suficientemente importante para que el Espíritu Santo nos lo dijera a través de la Palabra de Dios. Además, a través de la inspiración del Espíritu Santo se nos da instrucciones con respecto a cómo debemos manifestarnos en la oración. Las Escrituras hacen bien claro que la oración no es un tema casual para un creyente en Cristo. La oración es a menudo acompañada con las palabras “sin cesar” o expresiones similares. El apóstol Pablo, que utilizó esos términos más que cualquier otro escritor del Nuevo Testamento, presentó su propia vida como un patrón y como un ejemplo de cómo los creyentes deben vivir sus vidas en Cristo (Filipenses 3:17;  1 Tesalonicenses 2:10), y su énfasis en la oración acentúa todo lo que él hizo. A los Efesios él escribió lo siguiente: “No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones” (1:16). A los Colosenses escribió, “Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (1:3), y “por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual” (v. 9). Y a los Tesalonicenses dijo que “(él estaba) orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe” (1 Tesalonicenses: 3:10).

Pablo escribió que “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced”   (Filipenses 4:9). Él era un creyente tan excepcional que a veces no nos percatamos del hecho que él no fue diferente de nosotros, que también somos creyentes. Él era un pecador salvado por gracia, como todos los creyentes somos. Su vida fue vivida por la gracia de Dios, que está disponible a cada creyente. Entonces, ¿cuál fue su “secreto” para su éxito espiritual? Ningún secreto en absoluto: ¡solamente la oración! No sólo oró continuamente por otros, sino que continuamente pidió a otros a que oren por él. “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios, para que sea librado de los rebeldes que están en Judea, y que la ofrenda de mi servicio a los santos en Jerusalén sea acepta” (Romanos 15:30-31). “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que el abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar” (Efesios 6:18-20). “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso” (Colosenses 4:2-3).

Pablo no tenía ningún problema con pedir a otros que oraran por él, pero los creyentes a veces son reacios a pedir. La excusa principal, especialmente cuando se relaciona con miembros de la familia, es que uno “no desea preocuparlos”. Aunque hay excepciones, muy a menudo eso no es una buena excusa. Ya sea la razón de estar cohibidos o tímidos, cuando obramos de esa manera privamos a otros de la posibilidad de pedir al Señor Su gracia y misericordia a favor nuestro. Además, elimina la oportunidad de que nuestros compañeros creyentes puedan ver la intervención de Dios, y sin el conocimiento de la situación que necesita oración, se puede perder el estímulo que podría provenir de un resultado de alabanza por oraciones cumplidas. Hay otras excusas para no pedir a otros que oren por nosotros, pero casi siempre implica alguna forma de orgullo, o el sentirse incómodo a lo que otros puedan estar enterándose acerca de uno. También uno puede decir que el problema que uno tiene “es demasiado insignificante para llevarlo ante Dios o a otros”, que se puede traducir en “yo puedo manejarlo”. ¿En serio? Cuando “uno mismo” o el “yo” entra en la situación nada bueno puede resultar.

Aquellos quienes dicen “Dios ayuda a quienes se ayudan ellos mismos” (Benjamín Franklin, almanaque del Evangelio y el mantra de los confesores de la confesión positiva), también nos dicen que el entregarnos a la voluntad de Dios es como “no cumplir con nuestra responsabilidad” y que debilita nuestra “fe” en nosotros mismos. Aparte del hecho de que nuestra fe en nosotros mismos necesita ser “debilitada”, ¿qué Cristiano bíblico jamás pensaría que la voluntad de Dios— lo que Él desea para nosotros, no sería lo máximo que nosotros quisiéramos cumplir y recibir? Jesús sin duda nos dio ánimo cuando dijo: “¿Qué hombre  hay de vosotros, que si su hijo le pide pan le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? (Mateo 7:9-11). No fue Jesús quien probablemente durante la etapa más difícil de su vida oró a Dios Padre, diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). ¿Fue esto acaso el “evitar Su responsabilidad”?

La oración es como un misterio, en el sentido de que Dios sabe lo que necesitamos antes de que le pidamos, y Él ya sabe de antemano nuestras peticiones. Algunos pueden preguntar, “¿por qué orar a Dios, si Él ya sabe todo?” Bueno, Él lo sabe; pero nosotros no lo sabemos. ¿Cómo podríamos saber de la intervención de Dios en nuestras vidas si no tuviéramos comunicación en forma de oración con Él? Si no hay peticiones, entonces tampoco puede haber ninguna confianza de que Dios está haciendo cosas por nosotros.

Otro aspecto de la oración es el presentimiento o el temor de que nuestras oraciones nunca lleguen al trono de Dios. Hebreos 4:16 nos exhorta: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.  Entonces, ¿qué es lo que impide el cumplimiento de nuestras oraciones? “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites;” “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (Santiago 4:2-3; 1 Pedro 3:7). Caminando en desobediencia a las instrucciones dadas en la Palabra de Dios para en seco cualquier petición: “Porque los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal” (1 Pedro 3:12).

Dave Hunt, mi mejor amigo en el Señor (que ahora está con el Señor), tenía un maravilloso sentido del humor, y  a menudo hacía una autocrítica. Decía (irónicamente), “Hay muchas personas que evitan escuchar mis charlas”. Congregaciones se reirían, sabiendo que eso no era verdad ya que Dave era un talentoso orador. Pero aquí es algo que no es risible o que no tiene nada de gracia: Hay muchos Cristianos que sí evitan las reuniones de oración… y mucho más. ¿No está convencido? Haga que su iglesia programe una reunión semanal de oración y cuente el número de personas que asistan después de la segunda o tercera semana. Aunque damos gracias al Señor por las excepciones, el entusiasmo inicial (que puede ser una exageración) desaparece en poco tiempo.

La parte más grave de esta situación es que los que evitan las reuniones de oración y aquellos quienes las abandonan, desaparecen. Como un ejemplo, mencionemos nuevamente al tiempo de oración diaria entre los miembros de esta publicación (TBC). En primer lugar, nos conocemos el uno al otro, y estamos consientes acerca de lo que está sucediendo en la vida de cada uno. Por lo tanto oramos cinco días a la semana o más, para cumplir con las necesidades y peticiones. Esa continuidad nos permite escuchar muchos de los detalles de cómo Dios ha contestado nuestras oraciones, que es un enorme estímulo y generador de confianza en nuestro Señor a como Él confirma las enseñanzas de Su Palabra. El resultado es la gran abundancia de peticiones y el resultado correspondiente de alabanzas al Señor por las oraciones cumplidas. También refuerza la comunión y compañerismo que debemos tener como hermanos y hermanas en Cristo.

La oración no es una sugerencia ni una opción de “orar cuando a uno le apetece” para los Cristianos bíblicos. En su primera carta a Timoteo, el apóstol Pablo le dice a exhortar a los creyentes en Éfeso a orar por otros: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres” (1 Timoteo 2:1). Todo lo que el creyente hace, debe hacerlo “todo para la gloria de Dios”; “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”; “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (1 Corintios: 10:31; Colosenses: 3:17, 23), y todo esto debe empezar con la oración y ser sostenido por la oración. Una vez más, nuestra oración debe ser una comunicación continua y personal con el Señor buscando su ayuda en todo lo que hagamos.

¿Tenemos alguna esperanza? ¡Por supuesto que sí!   Y es nuestra oración, o nuestra petición, que la oración en sí sea nuestro principal “modus operandi” –nuestro continuo camino por donde debemos ir y haciendo lo que debemos hacer– para el año que viene, todo para la gloria de Dios y que Su gracia y misericordia sea abundantemente manifestadas en nuestras vidas.

 

TBC

***

Traducción: The Berean Call

Corrección: Alexis “El Broder” Rodríguez

Título en inglés: “Do We Have a Prayer?”

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