Victoria sobre el pecado

EL LLAMADO DE BEREA

Agosto 2015

Por Dave Hunt

(Publicada previamente en Octubre 2006)

tbcago15

Tratando de decidir entre el deseo sincero de servir y de honrar al Señor y al mismo tiempo confrontar el torbellino interior de las lujurias carnales y la atracción seductora de los placeres mundanos y correspondiente honores, muchos Cristianos agonizan en su lucha para poder vivir y servir a Cristo. Para ellos el Cristianismo implica gran esfuerzo, poca alegría, mucha frustración y desilusión y la pérdida (cuando tiene suficiente fuerza de voluntad para negarse ellos mismos) de lo mucho que disfrutaron en su vida pasada. Luchan por evitar la lista de hacer y de no hacer que el apóstol Pablo menciona en el libro de Colosenses 3:5-8: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivías en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas esas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca”. Fracasando repetidamente, arrepintiéndose con remordimiento y tratando de razonar su incapacidad de no poder vivir como deberían hacerlo, muchos Cristianos, aunque son sinceros, se dan cuenta que simplemente no pueden lograrlo.

Tampoco tienen mayor éxito con los siguientes versículos de Colosenses 3:12-25: “Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros… la Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros… y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”.

¿Es realmente posible ser dulce, amable, humilde, amoroso y capaz de perdonador en todo momento? El espíritu está dispuesto pero la carne siempre resulta ser vergonzosamente débil. ¿Cómo puede uno vivir en cumplimiento con los altos niveles que la Biblia nos da para vivir una vida Cristiana? ¿Existe algún secreto que nos pueda llevar a la victoria y que no podemos ver? Las dos expresiones claves, “haced morir” en el verso versículo 5 y “vestíos” en el versículo 12, sólo aumentan el desconcierto y la sensación de fracaso. ¿Es realmente posible “haced morir” los deseos impíos y arrojar ese cuerpo de mal, por así decirlo, para ser “vestíos” con un cuerpo piadoso resucitado? Seguramente Pablo, guiado por el  Espíritu Santo, no está burlándose de nosotros con objetivos que no se pueden lograr y que, de hecho, no sean prácticos. ¿No fue él mismo, un ejemplo de este tipo de vida, y acaso él no dice más de una vez: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1)? Entonces ¿por qué fracasamos? ¿De dónde viene la motivación y la fuerza para lograr lo que es a la vez tan deseable y aún así aparentemente imposible?

Hay una falla general en el no poder reconocer la importancia de una insignificante palabra entre los versículos 5 y 12. Pablo no dice “Haced… morir lo terrenal en vosotros” y “Vestíos… como escogidos de Dios…”. Eso impondría una religión de “hágalo usted mismo” apretando los dientes con determinación y luchando por cumplir con altos niveles morales, lo cual no sería nada diferente del ateo o del budista quien intenta hacer lo mismo. ¡Eso no es Cristianismo! Pablo cuidadosamente y deliberadamente, dice, “Haced morir, pues,… Vestíos, pues,… “. Claramente “pues (por lo tanto)” se refiere a algo que Pablo está convencido que le va a dar al Cristiano la motivación y el poder de hacer lo que él está mandando y eleva al Cristiano por encima de la lucha imposible para la carne cuando uno está tratando de vivir una vida piadosa. En resumen, la palabra “pues (por lo tanto)” se refiere a eso que Pablo está convencido le da al Cristiano la motivación y la autoridad de hacer aquello que es mandato y eleva al Cristiano por encima de la lucha sobre la carne y  es el secreto del Cristiano para una vida feliz, fructífera y santa que es agradable a Dios.

El mortificarse por obras pasadas y el adquirir una nueva vida es posible solamente porque, como en los versículos anteriores se declara: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:2, 3). Ciertamente no puede decirse lo mismo de los seguidores de Buda, Mahoma, Krishna, etc. El Cristianismo es por lo tanto único y separado de todas las otras religiones. Y ahí es donde se encuentra el dinámico secreto de la vida Cristiana. ¿Por qué, entonces, cada Cristiano no experimenta este poder en la vida cotidiana? Tristemente, muchos que se autodenominan Cristianos tienen un entendimiento muy superficial del evangelio que dicen haber adoptado: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3, 4).

Para muchos que creen que Cristo murió por sus pecados, consideran este evento más místico que histórico. La horrible muerte en la Cruz es algo que sucedió a Cristo, pero tiene solamente una conexión teórica más que práctica para ellos. Tienen ellos un entendimiento tan erróneo de lo que la muerte de Cristo significa, que en realidad, no los hacen verdaderos Cristianos. Ellos han racionalizado que la muerte de Cristo en lugar de ellos los ha librado de su merecido castigo eterno en el infierno, así que, como Barrabás, ahora pueden vivir como les plazca. Ellos nunca han deseado o entendido el regocijo de Pablo cuando decía: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Pablo no estaba expresando algo inspirador sino una charla vana. Para ese gran apóstol, la Cruz no fue un simple símbolo religioso, sino era el lugar donde él había muerto a una vida como él la hubiera vivido y había comenzado a experimentar la misma vida de Cristo que ahora en Él vivía. Él sabía que Cristo da vida de resurrección; por lo tanto, sólo aquellos que han muerto pueden experimentarla. Con asombro, sorpresa e inmensa gratitud, el apóstol Pablo se dio cuenta que Cristo realmente había tomado su lugar ante un Dios justo y Santo, y que Dios había puesto Cristo a la muerte en pago por los pecados que él (Pablo) había cometido. Por lo tanto, Pablo era un hombre muerto. La muerte de Cristo en su lugar era literalmente su propia muerte, y Pablo se regocijó en ello. Si él iba a experimentar una vida después de esto, entonces, sería el Cristo resucitado viviendo en él.

La transformación de Pablo fue a la vez notable y sorprendente. La tentación más seductora que Satanás pueda idear no despertará ninguna respuesta en un hombre muerto. Insultar a un hombre muerto en su cara no va a causar ninguna clase de represalia. Al igual que un hombre muerto, Pablo experimentó una nueva libertad sobre el pecado que nunca había conocido antes. Sin embargo, a pesar de estar muerto, Pablo experimentaba una vida como nunca lo había experimentado anteriormente: “Estoy crucificado… sin embargo, vivo”. Muerto al pecado, él estaba vivo para Dios en Cristo. Esto fue tan real a Pablo, que era como si Cristo mismo vivía en él —e, indudablemente, ¡esto era una realidad! Cristo se había convertido en su propia vida— y esto, de acuerdo a Pablo, era el verdadero significado del Cristianismo.

Pablo le recordó a los santos en Colosenses que la victoria sobre el pecado y sobre uno mismo no era posible a través de fuerza de voluntad y lucha carnal. La verdadera victoria podría venir solamente a través de comprender y creer lo que realmente significaba que Cristo había muerto por sus pecados y había resucitado para su justificación. Pablo declaró que este era el secreto de su propia transformación completa —y por lo tanto, también debería ser para ellos.

Pero ¿cómo podría la muerte, sepultura y resurrección de Cristo ser tan real para ellos como lo fue para Pablo, tan real que su vida fue totalmente transformada? Pablo explica: deben creer que Cristo puede venir en cualquier momento para llevarlos al cielo, donde posteriormente aparecerán con Él en gloria. ¡Era la esperanza del regreso inminente de Cristo que haría la diferencia entre la victoria y la derrota en la vida Cristiana!

Es evidente que esta esperanza sea la clave para una vida victoriosa. Prestemos atención a la siguiente declaración asombrosa de Pablo: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues,…” (Colosenses 3:4). Esta fue una esperanza tan vibrante y de tanto logro que Pablo empezó toda esta sección con la declaración, “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde esta Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1, 2). Aquí estaba el secreto de una vida santa que Pablo mismo vivió y que se esperaba también de los Colosenses. Esto tendría que ser un enfoque celestial tan profundo que las cosas de esta tierra y su correspondiente atracción no tendrían ningún poder sobre estos creyentes.

Tampoco se puede decir que este alejamiento de la tierra hacia el cielo era solamente una “actitud mental” que se había adoptado sin ninguna base en la realidad. Tampoco era un “pensamiento positivo” ilusorio, sino una verdad que cambiaría sus vidas. A través de la Cruz de Cristo, los Cristianos han sido crucificados al mundo y el mundo ha sido crucificado para ellos, como Pablo había declarado firmemente (Gálatas 6:14). Un hombre quien es bajado de una cruz, muerto, no tiene ningún interés en este mundo ni tampoco el mundo tiene ninguna exigencia sobre él. La persona crucificada y aquellos que lo crucificaron no tienen nada más que hacer el uno con el otro. Así es con el Cristiano y el mundo a través de la Cruz de Cristo. El odio feroz que este mundo tiene hacia Cristo, y su irreconciliable hostilidad contra todo lo que Él representa, han sido plenamente expuestos en su rechazo y en la crucifixión de nuestro Señor. Cristo declaró que el mundo nos odiará y nos perseguirán como lo hicieron con Él (Juan 15:18-20; 16:2; 17:14). A través de Su cruz hemos sido quitados de este mundo tan ciertamente como Él lo fue.

La muerte, sin embargo, no lo terminó todo. Cristo se levantó triunfante de la tumba y ascendió a la diestra del Padre en el cielo. Además, Él viene otra vez en poder y en gloria para juzgar y tomar venganza sobre aquellos quienes lo rechazaron, y nosotros, que nos hemos identificado con Él en Su rechazo y en Su muerte, participaremos en Su triunfo y en Su gloria. Tampoco podemos decir que esa segunda venida está tan lejana, en el futuro, sin ningún significado práctico para nosotros ahora. Por el contrario, podría suceder hoy. ¡El cumplimiento glorioso de la esperanza de que el Evangelio haya infundido en nuestros corazones podría consumarse con poder en cualquier momento! ¡Este hecho provoca a la eternidad  invadir el presente y hace que el Cristiano ya no sea de este mundo!

Escuchemos a Pablo decirlo otra vez: “Porque vosotros sois muertos, y su vida está escondida con Cristo en Dios”. El consentir estar muertos y dispuestos, para que Cristo sea su vida, fue no solamente la base de la victoria de parte de los Colosenses, sino que también era el significado esencial del evangelio que estaban dispuestos a adoptar. De lo contrario, no podría haber salvación. Sin eso, ellos serían simplemente imitadores de Barrabás, agradecidos de que Cristo había murió en su lugar pero suponiendo erróneamente que ellos habían sido “salvados” con el fin de vivir una vida satisfaciendo sus propios deseos carnales. Si no estaban dispuestos a reconocer la muerte de Cristo, como si fuera la vida propia y el haber renunciado su vida como ellos la hubieran querido vivirla y permitir que Cristo sea ahora su vida, entonces ellos no podrían experimentar la victoria sobre el pecado y sobre uno mismo que Pablo predicaba. En realidad, ¡ellos no habían aceptado el mensaje del evangelio y por lo tanto lo habían rechazado!

¿Y qué se hizo acerca de su muerte, sepultura y resurrección con Cristo que era el poder dinámico que transformó sus vidas? Esta fue la promesa: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:4). Una vez que esa verdad hubiera cautivado sus corazones hasta el punto que Su “aparecer” se hubiera también convertido en su expectativa y esperanza diaria, y la muerte y resurrección de Cristo habrían pasado a ser tan reales para ellos en el tiempo en que vivían que hubiera ocasionado un cambio tan radical que se hubieran transformados en nuevas personas. Pablo les dijo, “… buscad las cosas de arriba, donde esta Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1, 2). Esperemos que cada uno de nosotros podamos seguir y cumplir sinceramente con ese desafío.

El “rapto antes de la tribulación” no es por lo tanto una mera tesis para la discusión de teólogos, ni tampoco es una teoría sin aplicación práctica. Es el secreto de la victoria en la vida Cristiana que se ha pasado por alto. Juan dijo, “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica así mismo, así como él [Cristo] es puro” (1 Juan 3:3). Pablo indicó que había sido su amor de la aparición de Cristo que le había motivado a la santidad y fidelidad y que le había hecho victorioso, y que la misma “corona de justicia” era para “todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:8). Por otro lado, Cristo asoció la maldad con no amar su aparición: “Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: ‘Mi Señor tarda en venir; y comenzare a golpear  a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos…'” (Mateo 24:48, 49).

Encaminémonos con diligencia y entusiasmo a “… buscad las cosas de arriba, donde esta Cristo sentado a la diestra de Dios”. Motivémonos a “poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. ¿Y eso por qué? Porque “… nuestra ciudadanía está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21).  ¡Alabado sea el Señor!

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Traducción: The Berean Call

Título en inglés: “Victory Over Sin”

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