El buen estado espiritual

EL LLAMADO DE BEREA

Enero 2015

T.A. McMahon

TBCene15b

El término “buen estado”, especialmente cuando se refiere al estado físico, es uno de los eslogan favoritos que han atraído muchas personas a afiliarse a clubes de salud para ponerse en buen estado físico y hasta tiene una atracción a aquellos cuyo estado físico tiene mucho que desear, pero aún así es para ellos una ilusión que tal vez con el tiempo se pueda convertir en realidad. No cabe duda alguna que el aspecto físico de la persona luce mucho mejor cuando uno está en buen estado físico.

La Biblia le da cierta importancia al aspecto de mantener un buen estado físico en 1Timoteo 4:8, donde Pablo dice a Timoteo que el ejercicio físico trae algún provecho. El versículo continúa, “pero la piedad es útil para todo, ya que incluye una promesa no sólo para la vida presente sino también para la venidera”. En otras palabras, la piedad/santidad, que es el ejercicio espiritual de vivir lo que enseña la Palabra de Dios, es significativamente más importante de buscar que el “ejercicio físico”, no solo para  mejorar la vida cotidiana de un creyente en la tierra, sino también para obtener una recompensa en la vida eterna.

La meta de la aptitud espiritual de acuerdo a las Escrituras debe ser la piedad o santidad.  El apóstol Pablo exhorta a Timoteo, “ejercítate en la piedad” (1 Timoteo 4:7) y Pedro declara que “(Dios) nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda” (2 Pedro 1:3). Yo espero que cada creyente que esté leyendo esto tenga el deseo de alcanzar esa meta, no importa qué tan distante esté la persona de ese objetivo en el tiempo presente. Las buenas noticias es que existen buenas noticias, ¡no importa la condición presente del creyente!

En el mundo del deporte, cuando un equipo tiene dificultades, en más de un aspecto del juego, muchos entrenadores hacen que sus equipos vuelvan a practicar las partes fundamentales del deporte. Esta acción correctiva generalmente obtiene los resultados deseados y así pueden encausar al equipo en la dirección de mejoramiento. Este enfoque también puede ser útil para aquellos que quieran lograr un aptitud espiritual, pero no están seguros de cómo lograrlo. (Y no estoy recomendando buscar supuestos “directores espirituales” o “entrenadores espirituales”, quienes frecuentemente utilizan las últimas tendencias, métodos o técnicas que distan mucho de lo que enseñan las Escrituras).

¿Cuáles son los fundamentos bíblicos para crecer en santidad? En primer lugar, debe comenzar con un nuevo nacimiento. Como Jesús declaró a Nicodemo, “que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios… es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:3,7). Sin esa transformación de nacer espiritualmente desde arriba, es imposible para cualquier persona manifestar santidad. Este nuevo nacimiento se produce cuando una persona admite que él es un pecador, se convierte al creer en Jesús, solamente por fe, creyendo que Él pagó la pena completa por sus pecados y aceptar el regalo de salvación que sólo Jesús puede proporcionar. Entonces así se convierte entonces en un “hombre nuevo”: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es…” (2 Corintios 5:17).   Aunque la persona milagrosamente se haya transformado en un nuevo ser, un creyente renacido conserva su vieja naturaleza, pero ya no está bajo el control pecaminoso:

“Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:8-10).

“Y vestíos del nuevo hombre, creado según  Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).

No deberíamos estar sorprendidos, sin embargo, cuando en el creyente nacido de nuevo, ve que la naturaleza vieja y residente, aunque ya no está en control, ocasiona a veces una lucha feroz en nuestros corazones y en nuestras mentes. Esta batalla espiritual continuará a lo largo de nuestra vida temporal, pero la victoria diaria puede ser nuestra. ¿Por qué? Porque Dios mismo ha proporcionado todo lo que un creyente necesita para crecer en “justicia y verdadera santidad”. ¿Cuáles son algunas de las cosas que Dios nos ha proporcionado? Una ayuda que es fundamental es que el Espíritu Santo mora en cada cristiano en el momento en que él cree en el Evangelio.

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba Padre!” (Gálatas 4:6).

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16-17).

La morada del Espíritu Santo es fundamental, ya que sin el Espíritu de Cristo, no habría vida en Él. Esto podría ser comparado a tener un automóvil último modelo, pero sin el motor. Así como un automóvil sin motor sería inservible en lo que respecta al propósito para el cual tal máquina fue diseñada, de la misma manera la persona que no tiene el Espíritu Santo (y por lo tanto no pertenece al Señor), la persona estaría incapacitada para poder vivir una vida que superara las circunstancias de la vida diaria, no podría ser una luz en el mundo, y finalmente no podría pasar la eternidad, cumpliendo con el plan de Dios para nosotros. La analogía puede ser un poco dura, pero yo creo que ustedes entienden. Por otro parte, la persona que es habitada por el Espíritu de Cristo tiene todo lo que necesita para vivir una vida santa, mientras esté dispuesto –que sin duda incluye ser espiritualmente fructífero y productivo.

Consideremos la abundancia increíble que el Espíritu Santo proporciona al creyente. Él, la tercera persona de la Divinidad, es el Consolador del creyente que ha nacido de nuevo (que también incluye el significado de “fortalecedor”), maestro, habilitador, el que da gran poder transformador, guía, convicción de pecado, revelador de la verdad, bautizador, y el que da los numerosos dones espirituales. Fue a través del Espíritu Santo que hemos recibido la Palabra de Dios:

“Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablando siendo inspirados por el Espíritu Santo” (Peter 2 1:21).

Y es a través del Espíritu Santo que ganamos entendimiento de las Escrituras:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26)

La participación del Espíritu Santo en nosotros dándonos la Palabra de Dios y su importancia en equiparnos en Cristo es claramente revelada en 2 Timoteo 3:15-17:

“Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.

De hecho, la revelación milagrosa de Dios a través de las Sagradas Escrituras es verdaderamente el manual de instrucción del Señor, informándonos lo que necesitamos saber para poder vivir una vida en santidad (Pedro 2 1:3) y es el Espíritu Santo quien nos habilita para llevar a cabo las enseñanzas de Jesús, quien es la Palabra Viviente.

Jesús es Dios-hombre. Él es eternamente Dios, y a través de la encarnación se convirtió en el hombre perfecto. Nunca dejará de ser ambos, Dios y hombre. Somos seres finitos, y este concepto, junto con otros (por ejemplo, la doctrina de la Trinidad), puede parecer incomprensible para nosotros. Mientras estemos todavía en estos cuerpos terrenales, nunca seremos capaces de comprender totalmente a nuestro Dios infinito. Por lo tanto confiamos en lo que Él nos ha comunicado a través de Su Palabra, y un día, estaremos con Él y lo conoceremos en una verdad perfecta (1 Corintios 13:12). En nuestra búsqueda de la divinidad, Jesús no sólo nos ha dado instrucciones, sino, que Él, como hombre perfecto, también demostró la necesidad de depender en nuestras vidas de la obra del Espíritu Santo. Considere los siguientes versículos:

“Y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22).

“Jesús, lleno del espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lucas 4:1).

“Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió Su fama por toda la tierra de alrededor” (Lucas 4:14).

En una sinagoga de Nazaret Él mismo declaró ser el Mesías profetizado cuando leía del libro de Isaías. Sus palabras empezaron con  la siguiente declaración, “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lucas 4:18).

Nuestro Señor no sólo demuestra la importancia del Espíritu Santo en Su vida como el hombre perfecto, sino que también enfatizó tal importancia para todos aquellos quienes lo seguían:

“Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Juan 4:23-24).

Aunque este artículo comenzó haciendo referencias a la aptitud física como una analogía, hay una diferencia crítica entre la afición por el ejercicio físico y la búsqueda de la divinidad. Muy a menudo el enfoque a lo físico se centra en uno mismo, mientras que esto no puede ser posible cuando uno busca la divinidad, ya que esta búsqueda es dirigida a ayudar a otros. La piedad/santidad se manifiesta en su amor por Dios y por los demás. Esto se hace muy claro a través de los dones del Espíritu Santo, que Dios ha provisto a cada creyente para permitir a cada uno crecer en santidad y ser de beneficio para otros. Pablo, escribiendo a la iglesia en Éfeso, dijo:

“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres… Y Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:7-13).

Como se describió anteriormente, los dones del Espíritu ciertamente generarán la santidad individual, pero, como se ha señalado, también nos ayudan a crecer aún más a medida que ministramos a otros. Pedro, en su primera epístola, confirma que los regalos son para todos los creyentes y son para el beneficio de los demás:

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10).

El progreso para el buen estado espiritual está directamente relacionado a la dependencia del Espíritu Santo. Él ha dado a cada creyente uno o más dones para ser utilizados como Él desee y permite. Si no cedemos a la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas, entonces los dones no van a dar fruto, y tanto nosotros como componentes del cuerpo de Cristo estaremos privados de lo que se nos ha dado para el equipamiento, capacitación y edificación de los santos. Lamentablemente, en estos días de predominante apostasía de los últimos días, la iglesia está alejándose del fortalecimiento espiritual que Dios ha provisto a través del Espíritu Santo, quien suele ser un amigo muy ignorado. Esto es más evidente en el área del discernimiento espiritual.

Aunque la aptitud espiritual es indudablemente ayudada por la aplicación de los dones del Espíritu, existe otra importante facultad del Espíritu Santo que es un apoyo para la santidad y es necesario recibir el poder excepcional de Dios para cumplir Su voluntad: ser llenado con el Espíritu. Las Escrituras son muy claras en las exhortaciones para los creyentes llenos del Espíritu Santo. Jesús estaba lleno del Espíritu Santo; Juan el Bautista fue lleno con Él, como eran sus padres; Pedro estaba lleno del Espíritu, como también Pablo, Esteban, Bernabé y los discípulos. Además de éstos, se exhorta a cada creyente a ser llenos del Espíritu (Efesios 5:18) y con los frutos de la justicia (Filipenses 1:11).

En su “Comentario Bíblico del Creyente,” a última hora, William Mac Donald (quien era un miembro de la Junta de TBC- El Llamamiento Bereano) hace ciertos comentarios cuando compartía estos principios bíblicos de Efesios 5:18: “Entonces, ¿cómo puede un creyente ser lleno del Espíritu? El apóstol Pablo no nos lo dice en Efesios sino que él simplemente nos ordena a llenarnos del Espíritu. Pero en otras partes de la Palabra, sabemos que con el fin de ser llenos del Espíritu debemos:

1) Confesar y alejarnos de todo pecado en nuestras vidas (1 Juan 1:5-9).

2) Permitir totalmente el control del Espíritu en nuestras vidas (Romanos 12:1-2).

3) Aceptar que la Palabra de Cristo habite en nosotros ricamente (Colosenses 3:16).

4) Y finalmente, debemos vaciarnos del egoísmo del yo (Gálatas 2:20)…”

William Mac Donald entonces cita a un autor desconocido cuando nos dice: “En la misma manera que has dejado la carga entera de tu pecado y haber descansado en la obra terminada de Cristo, así mismo, deja la carga entera de tu vida y servicio y reposa en el trabajo del Espíritu Santo durante el tiempo presente. Entrégate, cada día, a ser conducido por el Espíritu Santo y ve avanzando, alabando y en reposo, dejando que el Espíritu te dirija y administre tu día. Cultiva el hábito cada día, de depender y obedecer gozosamente al Espíritu, permitiendo que el Espíritu haga Su trabajo de guiar, de iluminar, de reprender, de enseñar, de utilizar y hacer en ti lo que Él desee. Cuenta con Su trabajo como ya algo hecho, totalmente aparte de los sentidos de la vista o la sensación. Nuestra misión es solamente creer y obedecer al Espíritu Santo como el gobernante de nuestras vidas, y cesemos de llevar la carga de administrarnos a nosotros mismos.  Y es allí cuando el fruto del Espíritu brotará en nuestras vidas mientras que la voluntad del Espíritu hace Su trabajo para la gloria de Dios”.

Nadie puede obedecer el mandato de Jesús, “sígueme, tomando tu cruz” (Marcos 10:21), sin la capacitación del Espíritu Santo. Una persona que dice ser Cristiano pero no utiliza el poder del Espíritu Santo en su vida, ya sea que pueda ser debido a una enseñanza errónea o tal vez por apatía personal, probablemente éste será aplastado por la Cruz que está intentando llevar.

La aptitud espiritual es crucial para los creyentes, ahora más que nunca. Tiempos de persecución se avecinan en el horizonte para los Cristianos en los países del Hemisferio Oeste, donde la seducción en lugar de persecución abierta ha prevalecido hasta ahora.  Podemos aprender del ejemplo de Pablo y Bernabé:

“Pero los Judíos instigaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus límites.  Ellos entonces, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio. Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:50-52).

Por lo tanto, nuestro estímulo, nuestro aliento, nuestra oración y nuestro deseo para todos aquellos que conocen a Jesús y que desean glorificarlo, es el siguiente: Sea el estudio de Su Palabra nuestro continuo hábito, y que la dirección, la guía, la orientación y el poder del Espíritu Santo sea nuestra experiencia diaria.

¡Esto sí es verdaderamente el mantenerse en buen estado espiritual!

TBC

 TBCene15

***

Traducción: The Berean Call

Título en inglés: Spiritual Fitness

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