La finalidad de la cruz

EL LLAMADO DE BEREA

Diciembre 2014

(Originalmente publicado en Octubre de 1995)

Dave Hunt

tbcdic14

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…” (Gálatas 2:20)

Existe en el mundo secular personas que están en contra del Cristianismo y quienes estarían felices si pudieran eliminar todas las exhibiciones públicas de la cruz. Sin embargo todavía se ve en la cima de decenas de miles de iglesias y en las procesiones religiosas, muy a menudo hechas de oro y hasta llenas de piedras preciosas. Más frecuentemente, sin embargo, la cruz se muestra como joyería popular colgando alrededor del cuello o colgando de las orejas. Uno se pregunta, ¿por qué extraño fenómeno esta cruz manchada de sangre, la cual es un áspero símbolo de tormento en la cual Cristo sufrió y murió por nuestros pecados se haya convertido en un objeto tan casual, tan informal y tan incidental?

No importa cómo se exhibe, como joyas o como grafiti, la cruz es universalmente reconocida como el símbolo del Cristianismo —y ahí es donde radica el problema. La cruz, es decir el objeto en sí, en vez de representar lo que ocurrió hace 19 siglos, se ha convertido en el foco de atención, dando lugar a varios errores graves. Su misma forma, aunque originalmente diseñada para castigar criminales, se ha convertido ahora en algo sagrado y misteriosamente impregnada con poderes mágicos, fomentando la ilusión que el sólo hecho de mostrar la cruz de alguna manera otorga cierta protección divina. Millones de personas supersticiosamente tienen una cruz en sus casas o en sus personas o hacen “la señal de la cruz” para alejar al maligno y para asustar a los demonios. Los demonios temen a Cristo, no a la cruz y aquél quien no ha sido crucificado con Cristo está mostrando la cruz en vano.

Pablo declaró, “Porque la palabra de la cruz es locura para los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1:18).  Por lo tanto, el poder de la cruz no radica en su despliegue, sino en su predicación; y esa predicación no tiene nada que ver con la forma peculiar de la Cruz, sino con la muerte de Cristo en esa cruz, como lo es declarado en el evangelio. El evangelio es “el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos:1:16), no para aquellos que la usan, la exhiben o los que hacen la señal de la Cruz.

¿Cuál es este evangelio que salva? Pablo afirma explícitamente: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las escrituras…” (1 Corintios 15:1-4).  Es una sorpresa para muchos que el evangelio no incluye ninguna mención de una cruz. ¿Por qué? Porque una cruz no era esencial para nuestra salvación. Cristo tuvo que ser crucificado para que la profecía sea cumplida en lo que se refiere a la muerte del Mesías (Salmo 22), no porque la Cruz en sí tenga algo que ver con nuestra redención. Lo esencial era el derramamiento de la sangre de Cristo durante Su muerte en la cruz, como fue profetizada en los sacrificios del Antiguo Testamento,  ya que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22); porque “la misma sangre hará expiación de la persona” (Levítico 17:11).

Esto no quiere decir que la Cruz en sí no tenga ningún significado. El que Cristo haya sido clavado en una cruz revela las profundidades horripilantes de la maldad innata dentro de cada corazón humano. El haber sido clavado desnudo a una cruz y mostrado públicamente, y morir lentamente con insultos y gritos llenando el aire, ha debido ser la muerte más atroz, dolorosa y humillante que podría formularse. Y eso es exactamente lo que el hombre infeliz hizo a su Creador. Deberíamos postrarnos en el suelo arrepentidos, llenos de vergüenza, porque no fue solamente la multitud sanguinaria con su gritería y los soldados haciendo burla, sino que también fueron nuestros pecados que crucificaron a nuestro Salvador en esa cruz.

La cruz pone al desnudo por toda la eternidad la horrible verdad que, aunque sea camuflada  por la educada fachada de la cultura y de la educación, el corazón del hombre es “engañoso sobre todas las cosas y perverso” (Jeremías17:9), capaz de maldad incomprensible incluso contra el Dios que lo creó y quien lo ama y le proporciona pacientemente todo lo que él necesite. ¿Hay alguien que dude de la maldad de su propio corazón? Que él mire a la cruz y reconozca con repulsión sus actos malignos. ¡No es de extrañar que el soberbio humanista odia la cruz!

Al mismo tiempo que la cruz expone en forma desnuda la maldad en el hombre, sin embargo, también revela la bondad, la misericordia y el amor de Dios como ningún otro elemento lo pueda hacer. Frente a tanta maldad indescriptible, tal odio diabólico expresado contra él, el Señor de gloria, que podría destruir la tierra y todo sobre ella con una palabra, permitió que se burlaran y ser falsamente acusado, azotado y clavado en la Cruz.  Cristo “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2:8). Cuando el hombre estaba haciendo lo peor que podía hacer, Dios respondió en amor, no solamente rindiéndose a sus verdugos, sino también cargando nuestros pecados y tomando la sentencia que justamente nos merecíamos.

Aquí radica otro problema serio con el símbolo de la cruz y especialmente con el crucifijo del Catolicismo, que retrata a Cristo perpetuamente en la cruz, como lo hace también en la misa. El énfasis se centra en el sufrimiento físico de Cristo, como si tal hecho hubiera sido lo que pagó por nuestros pecados. Por el contrario, eso fue lo que el hombre le hizo y ese hecho nos condena a todos nosotros. Nuestra redención se produjo a través de Cristo quien puso “su vida en expiación por el pecado” (Isaías 53:10); Dios “cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6); Y fue Cristo “quien llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).

La muerte de Cristo es evidencia irrefutable que Dios en Su justicia debe castigar el pecado, la pena debe ser pagada o no puede haber perdón. Que el hijo de Dios haya tenido que soportar la cruz, incluso después de haber clamado a Su Padre contemplando con suma agonía la carga de nuestros pecados y pidiendo, “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Eso es prueba que no había otra manera en que la humanidad podía ser redimida.       Cuando Cristo, el que no cometió pecado, el hombre perfecto y amado de Su padre, tomó nuestro lugar, el juicio de Dios cayó sobre Él en toda su furia. ¡Qué tan severo debe ser entonces el castigo para aquellos que rechazan a Cristo y rehúsan el indulto ofrecido en Él!¡Nosotros como creyentes debemos advertirles!

Al mismo tiempo y con el mismo aliento en que sonamos la alarma del juicio venidero, también debemos proclamar las buenas noticias que se nos ha dado, como es la redención y también el perdón de Dios que es ofrecido aún para el más vil de los pecadores. ¡No se puede concebir nada más malvado que el haber crucificado a Dios! Sin embargo, fue desde la cruz, en infinito amor y en misericordia que Cristo oró, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”(Lucas 23:34). Entonces la cruz demuestra también, que hay perdón para el peor de los pecados y para el peor de los pecadores.

Trágicamente, sin embargo, la gran mayoría de la humanidad rechaza a Cristo. Y es aquí que encaramos otro peligro: que en nuestro sincero deseo de salvar almas modificamos el mensaje de la Cruz,  para evitar ofender al mundo. Pablo nos advirtió que deberíamos tener cuidado de predicar la cruz “no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” (1 Corintios 1:17).  Pero, algunos podrían decir, que el evangelio podría predicarse en una manera nueva,  más atractiva para los impíos, en vez de la manera en que predicadores de antaño lo presentan.

Tal vez también uno podría especular que con las técnicas modernas se podría presentar la cruz empaquetada de tal manera que podrían vestirla con cierta música o con cierto entretenimiento para así dar al evangelio una nueva relevancia o por lo menos con cierta familiaridad.  También la  Psicología podría ser usada para dar un enfoque más positivo. Tal vez, continúan diciendo algunos, no deberíamos confrontar a los pecadores con su pecado, ni tampoco con amenazas de la penumbra y la perdición del juicio venidero, sino explicarles que su comportamiento no es realmente culpa de ellos, sino que es el resultado de los abusos que han sufrido. Después de todo, ¿no somos todos víctimas? ¿Y no fue Cristo quien vino a rescatarnos de tal victimización y de nuestra negativa opinión de nosotros mismos y restaurar nuestra baja autoestima y confianza en nosotros mismos? ¡Mezclemos la Cruz con la psicología y el mundo hallará un camino a nuestras iglesias, llenándolos con nuevos miembros! – ¡Tal es el Evangelismo moderno en nuestros días!

Confrontando tal perversión, A. W. Tozer escribió: “Si entiendo bien, la cruz del evangelismo popular no es la cruz del Nuevo Testamento. Es más bien un adorno nuevo y brillante en el pecho de un Cristianismo carnal y seguro de sí mismo…La antigua cruz mató a los pecadores; la nueva cruz los divierte. La antigua cruz condena; la nueva cruz entretiene. La antigua cruz destruyó la confianza en la carne; la nueva cruz alienta y estimula tal confianza…La carne, sonriente y confiada, predica y canta acerca de la cruz; y al frente de esa cruz se dirige con artimañas cuidadosamente organizadas, pero sobre esa cruz no morirá, y se niega obstinadamente a soportar la reprobación que le da esa antigua cruz.”

Y aquí es donde encontramos la clave de este tema.  El evangelio está diseñado para hacer de nosotros lo mismo que la cruz hizo a los que colgaron a Cristo: ponerlos  totalmente a la muerte. Estas son las buenas noticias que el apóstol Pablo manifestó:    “Yo estoy crucificado con Cristo”. La cruz no es una escalera de incendios que sirve como escape del infierno al cielo, sino un lugar donde nosotros morimos en Cristo. Sólo entonces podemos experimentar “el poder de su resurrección” (Filipenses 3:10), pues sólo los muertos pueden ser resucitados. Qué alegría es lo que esa promesa trae a aquellos que desean escapar de la maldad de sus propios corazones y de sus vidas; y qué fanatismo parece a aquellos que quieren aferrarse a ellos mismos y por lo tanto quieren predicar lo que Tozer llamó la “Nueva Cruz”.

Pablo declaró:  “el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14). Es un lenguaje fuerte. Este mundo odió y crucificó al Señor, a quien nosotros ahora amamos, y en ese acto también fuimos crucificados. Como verdaderos creyentes hemos tomado nuestra posición con Cristo.   Que el mundo haga con nosotros lo que hizo con Él, pero nunca nos uniremos en sus ambiciones y deseos egoístas, sus normas de impíos, su soberbia determinación de edificar una utopía sin Dios y su indiferencia y abandono de la eternidad.

El creer en Cristo es admitir que la muerte que sufrió por nosotros es exactamente lo que nosotros merecemos. Por lo tanto, cuando Cristo murió, morimos en Él: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5: 14,15).

“Pero yo no estoy muerto”, sería una respuesta. “Yo todavía estoy bien vivo”.  Pablo, también reconocía, “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19).  Entonces ¿qué significa “Estoy crucificado con Cristo” en nuestra vida diaria?  Lo que significa es que automáticamente no somos “muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11). Todavía tenemos nuestra propia voluntad y la habilidad de tomar decisiones.

Entonces ¿qué poder tiene el Cristiano sobre el pecado que no tiene un Budista o una buena persona moral? En primer lugar, tenemos paz para con Dios “a través de la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). La pena o el castigo ya se ha pagado en su totalidad, así que ya no tenemos que vivir una vida buena por temor que si no lo hacemos estaríamos condenados, sino por amor a aquel quien nos ha salvado  “Nosotros le amamos a Él  porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:19); y el amor incita a la persona a amar al que lo ama a todo costo. “El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:23), nuestro Señor, dijo. Mientras más contemplamos la cruz y más meditemos acerca del precio que nuestro Señor tuvo que pagar por nuestra redención, más es nuestro amor hacia Él, y más es nuestro deseo de complacerlo.

En segundo lugar, en vez de luchar en vencer al pecado, debemos aceptar por fe que hemos muerto en Cristo. Los muertos no pueden ser tentados. Nuestra fe no está basada en nuestra capacidad de actuar como personas crucificadas, sino en el hecho de que Cristo fue crucificado una vez por todas, como pago total del castigo por nuestros pecados.

En tercer lugar, después de declarar que fue “crucificado con Cristo”, Pablo agregó: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).  El justo solo “vive por fe” (Romanos1:17; Gálatas3:11; Hebreos10:38) en Cristo, pero el que no es Cristiano sólo puede poner su fe en sí mismo o en un programa de autoayuda o en un falso gurú.

Trágicamente, la fe Católica no está en la redención de lo que Cristo hizo una vez por todas en la cruz, sino en la misa, que supuestamente es el mismo sacrificio que ocurrió en la cruz y que imparte el perdón y vida nueva cada vez que se repite. Se afirma que el sacerdote transforma la hostia y el vino en el cuerpo literal y sangre de Cristo, por lo tanto haciendo el sacrificio de la cruz en algo presente y permanente. Es imposible, sin embargo, que un evento pasado pueda hacerse presente. Por otra parte, si el evento pasado ha logrado ya su propósito, entonces no hay razón para querer perpetuarlo en el presente, aún si eso fuera posible. Por ejemplo, si un benefactor paga la deuda que alguien tiene con un acreedor, eso indica que tal deuda ya ha sido pagada en su totalidad y la deuda ha desaparecido para siempre. No tendría ningún sentido el hablar de re-presentar o de perpetuar tal deuda en el tiempo presente.  Lo único que uno podría hacer es recordar con gratitud el pago que ya se hizo, pero ninguna representación tendría alguna virtud, puesto que ya no queda ninguna deuda que pagar.

Cuando Cristo murió, triunfantemente Él clamó, “consumado es”, usando una expresión griega que significa que la deuda había sido pagada en su totalidad. Sin embargo, el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica dice, “como sacrificio, la Eucaristía también se ofrece en reparación por los pecados de los vivos y de los muertos y para obtener beneficios espirituales o temporales de Dios” (par 1414, p 356). Es como tratar de seguir pagando cuotas de una deuda que ya se ha pagado en su totalidad. ¡La Misa es una negación de la suficiencia del pago por los pecados que Cristo hizo en la cruz!   El  Católico vive con la incertidumbre de no saber cuántas misas más necesita para llevarlo al cielo.

Muchos Protestantes viven en una incertidumbre similar, temerosos de que todavía pueden estar perdidos, si no logran vivir una buena vida o con el temor de perder su fe o el dar la espalda a Cristo. Hay una finalidad bendita en la Cruz que nos libera de tanta inseguridad. No hay necesidad de que Cristo sea crucificado otra vez; ni tampoco aquellos que han sido “crucificados con Cristo” puedan ser “descrucificados” para ser nuevamente “crucificados”. Pablo declaró: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). ¡Qué garantía maravillosa para nuestro tiempo presente y para toda la eternidad!

TBC

 

***

Traducción: The Berean Call

Título en inglés: The Finality of the Cross

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