¿Qué piensa uno del Cielo?

EL LLAMADO DE BEREA

Julio 2014

T. A. McMahon

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Si yo pudiera regresar y poder corregir mi actitud en el pasado concerniente a mi camino con el Señor durante las últimas cuatro décadas, yo diría que me hubiera gustado, a comienzos de mi vida Cristiana, el haber tenido más conocimiento de la perspectiva eterna. Nunca creí la mentira que dice: “El estar muy obsesionado con el Cielo descuida nuestra ministerio aquí en la tierra”, pero en algunos aspectos, mis pensamientos y mis ideas han reflejado esa idea. Ahora que soy de edad más avanzada el tiempo que dedico a pensar en el Cielo ha aumentado. Yo estoy seguro que eso ocurre a todos nosotros de la tercera edad quienes conocen y aman al Señor. Queriendo estar con Él por toda la eternidad es un deseo excitante que se realizará muy pronto para nosotros a no ser que, mejor aún, el Señor apure el evento de Su inminente regreso por Sus santos.

¿Y qué podemos decir de aquellos jóvenes que han nacido de nuevo y que están empezando el camino de la vida, ansiando ir a la universidad, empezar una carrera universitaria, matrimonio, empezar una familia y todo el resto de las maravillosas oportunidades que la vida puede proveer? Para muchos el concepto del Cielo es una destinación lejana y una remota esperanza. Sí, es una buena idea, pero “para eso todavía falta mucho” de acuerdo al pensamiento de muchos. Algunos tal vez hasta pueden quejarse que el pasar la vida ocupado en pensamientos acerca del cielo es una locura de un soñador o tal vez puede indicar una mentalidad escapista que rehúsa confrontar con las cosas más importantes de la vida y también puede ser considerado algo que no es práctico y hasta nos puede llevar a ser negligentes hacia otras cosas que supuestamente son más urgentes.

La gente en general tiene sus propias ideas acerca de lo que es el Cielo, pero todos nosotros estaríamos mejor servidos si fuéramos a aquel quien creó el Cielo y quien nos ha revelado la verdad acerca del cielo y su propósito. Eso, por supuesto sería Dios y Su Palabra. Nos conviene a nosotros el escudriñar las Escrituras para encontrar la verdad acerca del cielo, una verdad que Dios solamente puede proveer.

En primer lugar, el Cielo es un lugar actual. No es solamente una localidad mística donde sería bueno vivir después que nuestra vida en este mundo se termine. No es una isla de placer, ni tampoco es una tierra donde se pueda cazar de acuerdo al pensamiento de americanos indígenas, ni tampoco es el Váhala de los Vikingos, ni tampoco es una cabaña al lado de un lago que siempre hemos deseado. Nada que inspire gratificación propia será encontrado allí, ni tampoco se encontrará nada que pueda apetecer los deseos de la carne ya que eso disminuiría las maravillas que Dios ha preparado para los creyentes.

El Cielo es un misterio glorioso: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Va a ser un ambiente de felicidad que no tiene comparación con algo en esta tierra, y nosotros somos bendecidos al leer acerca de ciertas experiencias que no van a ocurrir allí: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).

El Cielo es presentado a través de las Escrituras como un lugar donde aquellos quienes son salvos recibirán la recompensa por sus fructíferas labores en esta tierra: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún” (Hebreos 6:9-10). Nuestro tesoro eterno es generado por nuestras buenas obras: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6: 17-19).

También se nos dice: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan” (Mateo 6:19), sino produzcan tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye” (Lucas 12:33). La comparación es entre los bienes de esta tierra que son temporales y el tesoro celestial que es eterno. Jesús le dijo al joven rico cuya fortuna había capturado su corazón, “Vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21).

No sabemos lo que “tesoro en el cielo” realmente significa, pero sí sabemos que su valor excede cualquier cosa que esta tierra nos pueda dar. Si empezamos con las afables y humanas palabras de Cristo cuando nos dice, “Bien hecho, buen y leal siervo”, que probablemente incluirá recompensas y coronas, como también oportunidades para gobernar y reinar con nuestro Salvador y Rey durante el Milenio (Apocalipsis 20:6). Una vez más, “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. Además, cualquier cosa que Dios ha preparado, si uno se pudiera imaginar, indudablemente será algo que no se podrá comparar con estar en la presencia de Jesús, a quien amamos y quien nos ama más de lo que nosotros podamos comprender. “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quienes has enviado” (Juan 17:3). “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14: 2-3).

No importa lo que Jesús ha preparado, ya que nada puede ser mejor para los creyentes que estar donde Él está. Pablo entendía perfectamente tal expectación gloriosa cuando escribió, “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Más si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar en Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1: 21-23). Es muchísimo mejor porque nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” y “cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria” (Colosenses 3: 3-4). El estar con Jesús para siempre es no solamente la respuesta sino el pináculo de la vida. Para el creyente es la razón de vivir.

¿Cuál sería entonces el criterio para entrar al Cielo? Cuando los líderes religiosos le preguntaron a Jesús, “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado” (Juan 6: 28-29). Esa es la única condición que se debe tomar en cuenta. El carcelero Filipense fue instruido de esta manera: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). De la misma manera Pedro declara: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”(Hechos 4:12). El creer en el evangelio, las buenas noticias que Jesús, el único hijo engendrado de Dios, quien pagó la pena completa por nuestros pecados, nos reconcilia a nosotros los creyentes con Dios y nos hace dignos para vivir una vida eterna con Cristo.

El Salmista escribe: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12), a lo que Pablo hace hincapié en Romanos 6:22: “Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestros frutos la santificación, y como fin, la vida eterna”. Aún así, el pecado es todavía un factor en la vida del creyente, pero la pena infinita por el pecado ya ha sido pagada por completo y el poder del pecado cesará en la puerta del Cielo. Una vez más, la entrada del creyente al Cielo, un lugar donde el pecado no puede existir, es solamente posible por lo que hizo Jesús, “quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

La Biblia no presenta al Cielo como un lugar donde los creyentes van a ir después de haber preparado este mundo para recibir el Reino de Dios. Eso no va a ocurrir.  El Reino de Dios no va a ser manifestado en la tierra hasta que el Rey mismo retorne, y Él regresará con aquellos quienes han estado residiendo en el Cielo al mismo tiempo que la tierra y sus habitantes estaban siendo subyugados a una destrucción mundial debido al juicio justo de Dios, “porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá”(Mateo 24:21). El profeta Jeremías se refiere a este tiempo como el “tiempo de angustia para Jacob” y del cual un remanente de Israel será librado (Jeremías 30:7).

¿Qué nos puede decir todo lo que hemos mencionado acerca de nuestra actividad aquí en la tierra? En su mayor parte lo que las Escrituras enseñan ha sido marginalizado y hasta rechazado por aquellos quienes supuestamente se llaman Cristianos. La humanidad ha tratado de construir su propio reino utópico desde el tiempo de Babel al Imperio Romano, y después al “reino” de Calvino en Génova y de ahí al tercer imperio de los Nazis hasta el actual Reino de hoy en día que incluye todos los entusiastas y los Reconstrucionistas Cristianos y Coaliciones de Avivamiento que cubre muchos de los cultos de hoy en día.  También con la misma mentalidad errónea bíblica podemos mencionar aquellos Cristianos cuyo énfasis es en solucionar los problemas mundiales como enfermedad, hambruna, pobreza, analfabetismo, inmoralidad e injusticia social. Aunque algunas de estas organizaciones incluye el compartir el evangelio en sus “buenas obras”, la mayoría se han desviado de lo que Dios ha ordenado: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28: 19-20). Desde el momento que el pecado es la raíz de todos los problemas mundiales, podemos deducir que hasta las buenas obras, si su enfoque no es la salvación que solamente Cristo provee, no importa qué tan sinceros estos esfuerzos sean, el resultado va a ser que estarán haciendo la labor del Anticristo.

No solamente la gran comisión está siendo debilitada por las muchas formas de “salvación a través de obras” sino que también un muy importante énfasis de las Escrituras está siendo rechazado y es que los creyentes en Cristo tienen que reconocer que este planeta no es nuestra residencia sino que es solamente el punto de partida, una residencia temporal y cuyo objetivo es prepararnos para estar con Jesús para toda la eternidad. Nosotros somos solamente residentes temporales, peregrinos, en camino al Cielo para estar con nuestro Salvador.

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (Juan 12:26). “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Juan 17:24). No debemos olvidar que la Escritura nos dice que este universo presente está destinado a terminarse después de los 1,000 años del reino de Jesús: “Pero el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2 Pedro 3:10).

Aquellos que tienen una opinión negativa acerca de las personas que están entusiasmadas por la esperanza del Cielo no han leído las Escrituras, o si lo han hecho probablemente no las creen. El capítulo 11 de Hebreos identifica a los héroes de la fe como “extranjeros y peregrinos sobre la tierra,” y quienes buscaban una “patria… y anhelaban una mejor, esto es celestial,” y añade que “el mundo no era digno” de ellos (Hebreos 11:13,16,38). La queja es que si uno enfoca su atención y energías en el Cielo uno adoptaría una actitud de “no hacer nada” durante el tiempo que uno permanezca en la tierra. Una vez más, aquellos que critican de esta manera no están tomado la Palabra de Dios seriamente. Una y otra vez encontramos en la Biblia versos exhortándonos a la santidad y a ser fructíferos mientras que contemplamos nuestra ida al Cielo: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:23).

“Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6: 18-19). “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:17). “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz” (2 Pedro 3:11-14).

Jesús nos dio un cierto número de parábolas las cuales nos instruye a cómo nosotros, como creyentes, debemos tomar en consideración el Cielo. Por lo tanto, necesitamos prestar mucha atención a Sus palabras para evitar desviarnos en nuestro peregrinaje a través de esta vida temporal. “Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado”(Mateo 13: 10-11).

Aquellos quienes rechazan a Cristo también rechazan al Cielo y lo que el Cielo significa para los creyentes. Por lo tanto, ¿qué tan importante debe ser el Cielo en las vidas de aquellos quienes creen? Nada debe ser más importante. “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mateo 13: 44-46).

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3: 1-2). “Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lucas 12:34). “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20). Amén y amén.

TBC

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Traducción: The Berean Call

Título en inglés: What Think Ye Of Heaven?

Un pensamiento en “¿Qué piensa uno del Cielo?

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