El valor crítico de la Biblia (Parte Uno)

EL LLAMADO DE BEREA

Septiembre 2013

T.A. McMahon

 The Berean Call, September 2013

Pero Él [Jesús] respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4 RVG)

Aquellos de nosotros que hemos sido Cristianos durante varios años a veces se nos puede perder de vista el valor crítico de la Biblia en nuestras vidas. No me refiero a los que andan con el Señor podrían caracterizarse como tibios en el mejor de los casos. Estoy pensando más en aquellos que se consideran a sí mismos como creyentes en la Biblia, que asisten y participan en una iglesia basada en la Biblia, que disfrutan de la comunión con los creyentes comprometidos, y que por lo general ven el fruto del Espíritu en ellos y en sus familias. Tan grande como las cosas pueden ser, sin embargo, también puede opacar hasta cierto punto (lo llaman una complacencia rastrera) la propia conciencia de lo milagroso y necesarias que son las Escrituras. Lo que tengo en mente para este artículo es resaltar algunas cosas de la Biblia que tal vez hemos escuchado antes y algunas cosas de las que no podemos siquiera haber estado conscientes. El objetivo es actualizar nuestro pensamiento y nuestra acción de gracias por la comunicación sobrenatural de Dios a la humanidad.

Aquí están algunas ideas generales acerca de la Palabra de Dios que se refieren a toda la humanidad: sin la Biblia, la humanidad no tendría casi ni idea de Dios; sin la Biblia, las personas estarían completamente engañadas acerca de su condición moral; sin la Biblia, la humanidad no tendría idea de cuál podría ser su propósito; sin la Biblia, la humanidad está perdida en una situación de desesperanza y peor. Para los Cristianos, sin embargo, si no somos serios acerca de la Palabra de Dios, todavía podemos estar con una casi-idea de Dios, de nuestra condición moral, acerca de nuestro propósito en el plan de Dios (o idea sobre el plan en sí mismo), y mal equipados para hacer frente a los problemas de la vida. De hecho, podemos luchar tanto como los no creyentes. Por lo tanto, lo que pensamos acerca de la Biblia y lo que podemos hacer al respecto son preocupaciones muy importantes.

Sin la Biblia, como ya he dicho, la humanidad estaría casi sin idea de Dios. Digo “casi” porque la creación nos da indicios de los atributos de Dios –en particular, Su omnipotencia y Su omnisciencia. Aunque los evolucionistas están contra contra el diseño inteligente, es obvio para cualquier mente razonable que la Inteligencia detrás de la creación debe ser todopoderosa y omnisciente. Tanto la inmensidad del universo y la increíble complejidad de la vida celular y molecular indicarían que el Diseñador debe ser omnipresente también. En cuanto a la creación, Romanos 1:20 nos dice (aunque en términos algo generales) que la humanidad no tiene excusa, es decir, somos responsables ante Dios, en términos de reconocerlo y buscándole.

Dios, sin embargo, no ha dejado a la humanidad sin información específica sobre lo que Él quiere que sepamos. ¿Qué información nos ha dado? Podemos leer acerca de Sus atributos, Su personalidad, Su propósito y plan para la humanidad, y Su relación con sus seres creados (o la falta de ella). Eso es lo que la Biblia habla, y mucho más. Por otra parte, a través de ella podemos aprender acerca de la naturaleza de los seres humanos cuando se crearon por primera vez, así como el cambio de esa naturaleza debido a la desobediencia de Adán y Eva, que afectó a toda la creación.

La Biblia es un libro de historia. Desde la creación del hombre a la separación de Dios y preparar a los Israelitas como un pueblo elegido a los que Él enviaría el Salvador del mundo y al que el Mesías volverá.

Es un libro profético, declarando los hechos relevantes que tendrán lugar en el futuro, incluyendo el regreso del Señor para su Iglesia, después de lo cual se reducirá el tiempo de devastación sin precedentes y la tribulación sobre la Tierra. A continuación los que queden en el mundo experimentarán el reinado de mil años terrenales de Cristo, seguido por el fin de este mundo presente y la creación de un nuevo cielo y la tierra (Apocalipsis 21:1).

La Biblia es el Manual del Fabricante, un manual de instrucciones diciéndole a la humanidad lo que Dios quiere que sepamos y hagamos para vivir nuestras vidas con rectitud, fructífera y de una manera que glorifique a Dios.

La Biblia es la única fuente objetiva de información para el desarrollo de una relación íntima y personal con Dios, que es amor. Es Su carta personal que contiene Sus palabras de consejo, consuelo, ánimo, bendiciones, corrección , protección, perdón, los juicios, la misericordia y la gracia.

La Biblia revela la verdadera naturaleza y el corazón de cada ser humano. Dice el registro en lo que es moral y espiritualmente bueno… y lo malo.

Sin la Palabra de Dios, Su comunicación directa con Sus criaturas racionales, tenemos sólo del hombre opiniones, especulaciones y conjeturas acerca de Dios, por no hablar de las mentiras presentadas por el principal adversario de Dios, Satanás. Sobre esto último, la estrategia de su primer diálogo con Eva había sido convertir a la humanidad lejos de las palabras de Dios: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Génesis 3:1).

Sin embargo, ¿son las palabras de la Biblia las palabras de Dios? Eso es lo que dicen las Escrituras. Desde Génesis hasta Apocalipsis, además de las más de 4 mil frases explícitas como “Así dice el Señor” y “La Palabra del Señor vino a mí”, encontramos a Dios hablando personalmente a varios profetas y otras personas. Por ejemplo, en Jeremías 9:23 -24 Dios revela características acerca de Sí mismo que están más allá de la capacidad del hombre para descubrir sin Su revelación de ellas: “Así dice Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en su riqueza. Mas el que se hubiere de alabar, alábese en esto, en entenderme y en conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque en estas cosas me complazco, dice Jehová”.

Dios el Padre habló a Jesús después de Su bautismo y en el Monte de la Transfiguración. Después de Su ascensión, el Hijo de Dios le habló a Saulo en el camino a Damasco y le habló a Juan en la isla de Patmos. El apóstol Pablo declara a Timoteo que “Toda la Escritura es inspirada por Dios”. También da las gracias a Dios por los creyentes de Tesalónica, porque cuando recibieron las enseñanzas de Pablo que “la recibisteis no como palabra de hombres, sino como es en verdad, la palabra de Dios, la cual también obra eficazmente en vosotros los que creéis” (2 Timoteo 3:16; 1 Tesalonicenses 2:13). Pedro, refiriéndose a su experiencia en el Monte de la Transfiguración , declaró: “Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada; porque la profecía no vino en tiempo pasado por la voluntad del hombre; sino que los santos hombres de Dios hablaron [siendo] guiados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:20-21).

Aunque tenemos una serie de declaraciones bíblicas afirmando la comunicación personal de Dios con la humanidad, sin embargo la Biblia da como prerrequisito algo que debe suceder antes que todo, antes que uno pueda entender Su comunicación y verdaderamente pueda conocer a Dios: Tenemos que nacer de nuevo. Hablando con Nicodemo, uno de los líderes religiosos Judíos, Jesús dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).

Pablo explica por qué ser nacido del Espíritu de Dios es el único camino por el cual Dios puede ser conocido: “Porque el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

Una vez que aceptamos a Dios en nuestras vidas y por fe creemos y aceptamos el Evangelio, las buenas noticias nos dice que Jesús, quien es Dios, se convirtió en hombre para así poder pagar la pena máxima por los pecados de la humanidad lo cual nos hace ser nacidos del Espíritu.  Nosotros nos convertimos en nuevas criaturas en Cristo, y en el cual el Espíritu Santo habita. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Si uno no tiene el Espíritu de Dios, lo que al hombre le queda es solamente la mente carnal para poder conocer a Dios, y con lo cual sería imposible. Jesús declaró que “la carne para nada aprovecha (o para nada sirve)”. Pablo escribió: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:5-6).

No solamente la Biblia afirma que las palabras contenidas en este libro son la revelación directa de Dios hacia la humanidad, sino también afirma que las palabras de Dios son absolutamente verdaderas. El Salmo 119:160 nos dice: “La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia”. Jesús oró al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). No solamente la Biblia hace numerosas afirmaciones de ser la verdad de Dios, sino que también da apoyo a tales afirmaciones en una forma verídica, esto es llamado profecía.

En el libro de Isaías, Dios se establece a sí mismo como Dios al hacerlos que profeticen futuros eventos, ya que eso es algo que solo Él puede hacerlo:

“Traigan, anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado desde el principio, y pondremos nuestro corazón en ello; sepamos también su postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses; o a lo menos haced bien, o mal, para que tengamos qué contar, y juntamente nos maravillemos” (Isaías 41:23-23).

“¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo pondrá en orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo antiguo? Anúncienles lo que viene, y lo que está por venir. No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no conozco ninguno” (Isaías 44:7-8).

Casi una tercera parte de la Biblia contiene profecías detalladas de eventos futuros, la mayoría de ellos relacionados con Israel y también profecías acerca de la primera y segunda venida del Mesías. Israel, el Señor declara, será un testigo ante el mundo de la participación de Dios con la humanidad: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí” (Isaías 43:10). En otras palabras, Dios va a usar la tierra de Israel y a los Israelitas como “testigos” para ellos mismos y para el mundo entero para testificar no solamente que Dios existe sino que Él también está involucrado activamente en modelar la historia de Israel y al mismo tiempo en traer y manifestar Su propósito para toda la humanidad.

La profecía es una prueba convincente de la existencia de Dios, y también es evidencia que la Biblia es exactamente lo que afirma ser: ¡Su Palabra!  Alguien podría preguntar ¿y dónde está la prueba?  La respuesta está en el cumplimiento de lo que Dios ha profetizado. Él anunció a Abraham (Génesis 12:1), y después a Isaac (Génesis 26:3), y después a Jacob (Génesis 28:13), que Él les daría la tierra “desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates” (Génesis 15:18), y que esta tierra prometida sería de ellos. Es una histórica realidad, como lo relata el libro de Josué,  los Israelitas tomaron posesión de la tierra que Dios había prometido. Aunque Su promesa fue irrevocable, aún así Él les advirtió que si ellos cesaran de obedecerle, Él los desplazaría de la tierra por un tiempo: Tú Israel desobediente “serás arrancado de raíz, de la misma tierra que ahora vas a poseer” (Deuteronomio28:63).

Como la Biblia nos relata, ellos fueron desobedientes y Dios los desplazó de la tierra, lo que resultó en el cautiverio por los Asirios del Reino del Norte llamado Israel y el cautiverio por parte de Babilonia del Reino del Sur, conocido como Judá. Jeremías profetizó que los cautivos regresarían de Babilonia a Jerusalén “cuando los 70 años se hayan cumplido” (Jeremías 25:12). Aún así, un desplazo aún más devastador fue profetizado: “Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres” (Deuteronomio 28:64).

Esto, la última diáspora importante, tomó lugar cuando el ejército Romano bajo el comando de Tito destruyó Jerusalén en 70 D.C. No solamente los Judíos han sido dispersados por todo el mundo, como la Biblia lo había predicho, sino que también la Palabra de Dios nos da detalles en cuanto a la forma en que ellos iban a ser tratados: “Los perseguiré con espada, con hambre y con pestilencia, y los daré por escarnio a todos los reinos de la tierra, por maldición y por espanto, y por burla y por afrenta para todas las naciones entre las cuales los he arrojado” (Jeremías29:18). Esta clase de tratamiento sería conocido como el anti-semitismo, conducido por la Iglesia Católica durante los años de la Edad Media, y esta forma de actuar fue elevado a un nivel demoníaco por Hitler. Este anti-semitismo en contra de los Judíos ha sido manifestado desde el siglo VII y continúa hoy en día por el Islam, aunque fue profetizado por Moisés hace 3,500 años: “Serás motivo de horror y objeto de burla y de ridículo en todas las naciones a las que el Señor te conduzca” (Deuteronomio 28:37).

Nos parecería que este desplazamiento al igual que las persecuciones y atentados de aniquilar a los Judíos, podrían haber puesto a Dios en una posición insostenible. Después de todo, Él prometió incondicionalmente a Abraham la tierra prometida: “Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre” (Génesis 13:15). El Señor declaró también que aunque Israel no viviría sin castigo: “A ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo” (Jeremías 30:11), también el Señor les dice: “Yo te salvaré de lejos, y a tu descendencia de la tierra de su cautividad. Y volverá Jacob, y descansará y será prosperado, y no habrá quien lo atemorice” (Jeremías 46:27).

El hecho que una dispersa, diseminada y perseguida minoría pueda haber sobrevivido por más de 2,000 años y aún más al estar entre otras razas sin haber sido asimilada por ellas (especialmente cuando el haberlo hecho hubiera evitado represiones continuas) y que todavía se mantenga como un grupo único e identificable, es inconcebible; indudablemente va más allá de las probabilidades y es sin precedente en la historia mundial. Si añadimos a esta asombrosa realidad que ellos serán reunidos de todos los rincones del mundo y serán traídos de regreso a la tierra que Dios les había prometido más de 3,000 años antes. Pero como el mundo entero lo sabe, éste fenómeno tomó lugar “oficialmente” en 1948, cuando Israel fue reconocido como nación soberana.

La Palabra de Dios es indudablemente eso: las verdaderas palabras de Dios.  El cumplimiento de la profecía bíblica es un prueba innegable que la humanidad tiene un acceso directo al Dios de toda la creación. Esa realidad debería hacer la Biblia como el libro más excitante en el mundo, que en realidad lo es. Los creyentes quienes hayan perdido esa emoción, ese entusiasmo, necesitan regresar a la lectura de la Palabra de Dios todos los días de sus vidas.

TBC

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