Hablando de Cristo a las prostitutas

Extracto del libro “Lo único que no podrás hacer en el Cielo”, de Mark Cahill

Hay Que Causar Conmoción

Mientras regresaba a casa después de haber estado en el festival del parque Piedmont, sentía que no había testificado de Jesús lo suficiente. Ese pensamiento cruzó mi mente en el momento en que atravesaba el lado “malo” de la ciudad y por alguna razón decidí parar. Me acerqué a una de las prostitutas que estaban en la esquina, conversé con ella un minuto y le ofrecí diez dólares para hablar por diez minutos.

Las prostitutas trabajan por dinero y no suelen conversar mucho tiempo si no hay dinero de por medio.

“¿Eres policía?” preguntó sospechosamente.

Le respondí que no.

“¿Estás grabando esto?”

“¡No!” le respondí.

Ella accedió a entrar en mi vehículo y conversamos por un par de minutos. Como la conversación no iba a ningún lado la llevé de regreso a la esquina donde estaba.

Todavía tenía esa sensación de que no había hablado lo suficiente de él así que salí nuevamente en busca de otra prostituta, ¡y con ésta conversamos como por treinta minutos! Esta mujer tenía un hijo de seis años. ¿Crees que las prostitutas disfrutan su vida? Para nada, detestan ese estilo de vida.

¡Una mujer me contó que prostituyéndose ganaba 500 dólares diarios de los que gastaba 300 dólares consumiendo cocaína! Dios no diseñó a nadie para vivir de esa forma. Algunas prostitutas se sienten tan miserables que no pueden dejar de llorar en el momento cuando dejamos de hablar.

Cada vez que cuento esta anécdota me encuentro con mucha gente que no aprueba mi decisión. Una persona me preguntó: “¿Qué hubiera pasado si un miembro de tu iglesia hubiera pasado justo cuando la prostituta entraba en tu automóvil?”

Yo le respondí: “Si alguien de mi iglesia me hubiese visto hacer eso probablemente dirían ‘Allí está Mark predicándole a otra prostituta, vamos a orar por él’.

Después orarían pidiéndole al Señor que si la prostituta estuviera en mi auto por razones equivocadas, el Espíritu Santo me convenciera de tal forma que no pudiera hacer nada para desacreditar el nombre del Señor Jesucristo”.

¿Por qué nos preocupa tanto lo que las demás personas piensan de nosotros? Estaba bien que Jesús fuera amigo de recaudadores de impuestos, prostitutas y pecadores pero aparentemente no está bien que nosotros lo seamos.

He recibido varias cartas de gente sorprendida de que yo motive a otras personas a testificarles a las prostitutas. Le pregunté a alguien si les predicaba a las prostitutas. Ella no lo hace. Pregunté si alguien de su familia les predicaba a las prostitutas. No. ¿Hay alguien en su iglesia que les predique a las prostitutas? No. Entonces le expliqué que si ella no les predica a las prostitutas, nadie en su familia lo hace y tampoco hay quien lo haga en su iglesia ¿entonces quién le va a predicar a esa gente? Dios las ama a ellas de la misma manera en la que ama a las personas “normales” y necesitan que las buenas nuevas de Jesús les lleguen también.

Admito que esa noche no manejé la situación correctamente con esas mujeres. Debería haber tenido a alguien más en el vehículo conmigo, o mejor aún me debí de haber bajado del automóvil.

Yo creo que la mejor forma de hacerlo sería que fueran mujeres, no hombres, quienes prediquen a las prostitutas. ¿Pero puedes ver la motivación de mi corazón? Yo quiero

que cada persona con la que me encuentro tenga una relación con Jesús.

Al terminar de hablar en la Universidad de Florida Central en un evento llamado Indiviso, se me acercaron alrededor de treinta personas. Me dijeron que iban a salir a testificar esa noche y necesitaban tratados. Cuando les pregunté dónde iban a predicar me dijeron que diez de ellos irían a una sección de muchos bares en Orlando, otros diez tomarían otra zona de discotecas y los diez restantes irían a una zona donde suele haber prostitutas.

A uno de los jóvenes le pregunté: “¿Están seguros de querer hacer eso?”

“Sí. No hay problema”, me aseguró. “Mi iglesia sale a predicar a las prostitutas todo el tiempo”.

Le dije: “¡Ese es mi tipo de iglesia!”

Cuando descubres que cada vez que compartes tu fe es una situación en la que no puedes perder, simplemente no aguantas las ganas de encontrar a alguien que está perdido para poder hablarle.

Un domingo enseñé la estrategia de “ganar, ganar, ganar” en una pequeña iglesia en San Agustín, Florida. En la congregación esa mañana había un profesor de una universidad cercana. Quedó tan fascinado con el concepto que cuando él y su esposa fueron al supermercado el lunes por la mañana, él se le acerco a un motociclista en una Harley-Davidson y comenzó a compartir su fe. Su esposa me contó que ¡fue el viaje al supermercado más largo de su vida!

El pastor de la iglesia me contó que cuando él y su esposa salían en una cita era para testificar. ¿Por qué una cita siempre tiene que girar alrededor de una cena o una película? ¿Por qué no puede consistir en ir a un centro comercial a testificar?

Cuando salí con el grupo de jóvenes de la iglesia al centro de San Agustín para predicar el domingo y lunes por la noche, el pastor nos acompañó. ¡Después me contó que se le había olvidado lo divertido que era testificar!

***

Puedes leer o descargar el libro completo AQUÍ.

También te recomendamos el comic La dama solitaria, una historieta para testificar a prostitutas (Viene en dos versiones).

Un pensamiento en “Hablando de Cristo a las prostitutas

  1. Una vez estando en la calle, vi a una prostituta que quiso tocar a un hombre que caminaba hacia ella, pero éste la esquivó (Muy obvio que no quería nada con la mujer). Ella se le quedó mirando con ojos tristes. Me dio mucha lástima esa mujer. Espero que alguien le haya hablado de Cristo alguna vez😦

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