El día que Cristo nació

EL LLAMADO DE BEREA

Por Dave Hunt

Cuando mencionamos el día que Cristo nació, no quiere decir que nos estamos refiriendo al 25 de Diciembre. Ese día puede o puede no haber sido cuando Cristo nació.  Existen teorías conflictivas a este respecto:

1) Una teoría dice que el 25 de Diciembre fue seleccionado por Cristianos  para confrontar la fiesta de Saturnalia de los Romanos que se celebraba cada año del 17 al 23 de Diciembre, y cuya celebración era una borrachera y libertinaje que entre los Cristianos de esa época “Saturnalia” vino a ser conocida como ‘orgía.’

2) Otra teoría dice que los primeros Cristianos escogieron la fecha del 25 de Diciembre tomando en cuenta que María visitó a Elizabeth inmediatamente después de su concepción y calculando que la concepción de Elizabeth habría ocurrido aproximadamente 6 meses antes (Lucas 1:23-25).  Todo esto está basado en archivos judíos y en la tradición concerniente al programa de las funciones de los sacerdotes del templo y del sacerdote Zacarías de la clase de Abías (Lucas 1:5).

3) Una teoría final fue que el 25 de Diciembre se escogió para reemplazar la fiesta de Saturnalia.

Sin que el día sea de suma importancia, el nacimiento de Cristo por una virgen fue un evento de tan tremendas proporciones que Pablo declara: “grande es el misterio…” (1 Timoteo 3:16) El Creador de todo (Juan 1:3) entra en Su creación como unas de Sus criaturas, sabiendo todo lo que Él iba a sufrir en las manos de aquellos rebeldes que Él había traído a la existencia a través de Adán y Eva.  El odio, el malentendido, las acusaciones falsas, el abuso, el rechazo, la burla y finalmente, los azotes y la crucifixión que Él tuvo que soportar de aquellos que le debían su propia existencia, ya había sido profetizado por los profetas Hebreos bajo Su inspiración.

Su madre, María, no fue “la esposa del Espíritu Santo,” como el Catolicismo Romano nos dice.  Ella fue la esposa de José y no fue una polígama.  El “Señor de Gloria (1 Corintios 2:8) se humilló  a sí mismo para vivir como un bebe, un niño, un hombre y finalmente sufrió “la muerte en la cruz” (Filipenses 2:508).  Cuando Él era niño, Él estuvo sujeto a Sus “padres.”  Cuando Maria o José le decían a Jesús que hiciera una simple tarea, El no respondió, “¿A quién crees tú que estas ordenando?  ¡Yo soy Dios!”  Él obedeció humilde y rápidamente.  José no fue Su padre, y aun así Jesús vivió una vida tan normal que Maria, quien al principio guardaba todas las cosas en su corazón (Lucas 2:51), empezó a referirse a José como “tu padre” (Lucas 2:48).  José indudablemente era la cabeza de la casa, y el niño Jesús le obedecía.

El que hizo el universo de la nada y el que conoce cada partícula, desde lo más profundo de cada átomo hasta lo más lejano del cosmos, se limitó a vivir una vida oscura en una casa pequeña  y en un taller de carpintería en Nazaret.  Allí, el inteligente joven aprendiz  de José, aprendió a trabajar con madera usando herramientas rudimentarias y llegó a ser conocido como “el hijo del carpintero” (Mateo 13:55).  Su creatividad y su manera de trabajar han debido ser extraordinarias.  No se nos dice nada de aquellos días, excepto de su visita al templo cuando tenia 12 años (Lucas 2:41-52), cuando Él sorprendió a los rabinos y le recordó a Su madre María y a Su padre José que Su padre real lo había enviado a este mundo con un propósito especial.

Fue un amor infinito más allá de nuestro entendimiento que causó que El Señor dejara Su gloria y poder que había conocido por toda la eternidad como Dios el Hijo, para transformarse en un hombre,  para comprar una novia con Su propia sangre.  El vino a “buscar y a salvar a todos aquellos que estaban perdidos” (Lucas 19:10).  Cuando Él aceptó esa misión de Su Padre (“mi padre me ha enviado” Juan 3:17, 10:36; 20:21; Hebreos 1:6), nuestro Señor supo muy bien que la encarnación no sería temporal sino eterna.  Él se transformó para siempre en uno de nosotros pero sin ningún pecado.

En el trono de David en Jerusalén, como el Mesías prometido de Israel, “Él reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lucas 1:33).  Él continúa siendo “Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5), el único mediador entre Dios y el hombre, “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).  Por toda la eternidad Él llevara las marcas del Calvario, y el trono del cielo será para siempre “el trono de Dios y del Cordero” (Apocalipsis 22:1).

¿Cómo podría alguien haber sabido quien realmente Él era, ya que Su gloria estaba camuflada en forma humana?  Cualquier creyente de aquel día, que estuviera caminando con Dios, que supiera la Palabra, y buscara al Mesías, lo hubiera reconocido.  En el libro de Daniel, capítulo 9 y en el libro de Nehemías, capítulo 2, estaba bien claro para cualquier persona que quisiera leer y entender que ése era el tiempo preciso en que la venida del Mesías había sido profetizada.  Anna, la profetiza y Simón, un judío devoto que estaban buscando por el Mesías, ambos lo reconocieron inmediatamente, aun cuando era un bebé (Lucas 2:25-38).

Aunque puede haber cierta excusa al no haber reconocido al Mesías cuando era un bebé, no existe una justificación por no haberlo reconocido después que empezó Su ministerio.  Los milagros que hizo son suficientes para probar que Él era el Mesías.  Y Él ha debido haber sido una persona muy especial.  Hasta los guardias que fueron mandados por los Fariseos reconocen esto, “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46).

¿Quién hubiera podido no darse cuenta que allí estaba “Dios… manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16)?  Bueno, ¡casi todo el mundo! Muy pocos reconocieron y admiraron la divinidad que radiaba de Jesús de Nazaret.  Al contrario, la inherente naturaleza pecaminosa despreció Su pureza.  Refiriéndose a la gran mayoría, y cumpliendo la profecía (Salmo 35:19, 69:4, 119:161), Cristo tristemente declaró, “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25). ¡Parece increíble! Juan el bautizador, reconoció que Jesús era sin pecado alguno” “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tu vienes a mí?” (Mateo 3:14).  Y aun así, mas tarde hasta él dudó (Lucas 7:19), a pesar de todas las pruebas que Dios le había dado (Juan 1:33, 34).  El Apóstol Juan fue uno de los pocos que lo reconoció: “y vimos Su gloria, gloria como el unigénito del Padre… Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida porque la vida fue manifestada…” (Juan 1:14; 1 Juan 1,2).

Trágicamente “pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él” (Juan12:37).  Los Fariseos sabían que Sus milagros eran genuinos, sabían que Él había resucitado a Lázaro de entre los muertos después de 4 días en la tumba; pero todavía se justificaban ellos mismos y seguían determinados a matar a Jesús y a Lázaro para preservar sus posiciones de liderazgo. No es sorpresa que Dios declara,  “Engañoso es el corazón mas que todas las cosas, y perverso.” (Jeremías 17:9).

Los demonios reconocieron a Jesús durante Su ministerio, aunque no hubieran estado concientes de Él cuando era un bebé: “Sé quien eres, el Santo de Dios” (Marcos 1:24).  Jesús no expulsó a los demonios en el nombre del Padre sino por Su propia autoridad, y ellos le obedecieron (Mateo 8:28-32; Marcos 1:25; Lucas 4:35).

El universo, que Él, como la Palabra Eterna lo trajo a la existencia, sabía y obedecía Su voz.  Él calmó tormentas con una palabra (Marcos 4:39).  Y todavía en ese entonces Sus discípulos no sabían quien era Él.  “Ellos temieron con gran temor, y se decían el uno al otro:¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen? (Marcos 4:41).

Jesús dijo, “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).  Esto no quiere decir que cualquier vecino que lo conoció cuando Él era un niño y creciendo en Nazaret tuvo vida eterna.  “Conocer a Dios” quiere decir conocerlo en espíritu y en verdad, la manera en que también debemos adorar a Dios (Juan 4:24).  No es suficiente decir ciertas palabras moviendo los labios (“Yo te amo Señor… Yo te adoro Señor”) sino el conocerlo y amarlo con nuestro corazón como Él es verdaderamente.

Aun sabiendo que Jesús es Dios, y María es la madre de Jesús, eso no quiere decir que ella es “la madre de Dios”, como el Catolicismo enseña.  Ni tampoco ella permaneció virgen.  El nacimiento de su hijo “primogénito” (Mateo 1:25) en Belén no fue el nacimiento de Cristo como Dios sino de Su cuerpo humano, alma y espíritu, “mas me preparaste cuerpo” (Hebreos 10:5).  Ella fue la honrada madre del hombre Cristo Jesús.  Pero ella no fue la madre del eterno hijo de Dios, que creó el universo, que es uno con el Padre, y “fue hecho carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).

Cristo existió como el hijo de Dios mucho antes que la encarnación (Salmo 2:12; Proverbios 30:4; Isaías 9:6; Daniel:3:25He answered and said, Lo, I see four men loose, walking in the midst of the fire, and they have no hurt; and the form of the fourth is like the Son of God., etc.).  Él ha reinado con el Padre por toda la eternidad desde Su trono como el hijo de Dios; “Mas del hijo dice: tu trono o Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino” (Hebreos 1:8).

María tuvo el honor único de ser el conducto por el cual el Hijo de Dios se hizo hombre, pero ella no fue la madre del Dios eterno que creó el universo.  Ella no fue la madre del Hijo de Dios, “y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas 5:2).  Llamar a María “la madre de Dios,” como la doctrina católica oficial enseña, es la peor blasfemia posible.

Pablo hace un enfoque especial cuando dice, “Él fue.. Visto de ángeles.”  Ellos fueron testigos de este misterio.  No se nos dice nada acerca de los pensamientos de los ángeles o que si ellos tuvieron una información previa de la encarnación, pero el nacimiento de Cristo en este mundo como hombre debe haber sido un misterio aun para la “multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios” durante el nacimiento de Cristo (Lucas 2:13).

¿Era éste verdaderamente aquel que ellos habían adorado como la Palabra Eterna, el Creador de todo, y aquí Él estaba como un bebe indefenso en los brazos de María amamantándose de su seno? ¿Sería esto posible?  Sí, ya que el comando fue: “cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios.” (Hebreos 1:6).   ¡Que ocurrencia tan misteriosa el día que Jesús nació!

Pablo llama a este máximo evento en la historia del universo no solamente un gran misterio sino ‘el misterio máximo’: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la santidad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16).  ¡El misterio de la divinidad de Dios fue revelado en la encarnación de Jesucristo!

Invadiendo este planeta rebelde desde el cielo mismo, vino el único hombre perfecto y divino que ha existido.  Todo el resto de la humanidad son pecadores.  Eternamente, aquellos que irán al cielo serán pecadores, salvados por gracia.  Si, “todos han pecado…” excepto por un hombre.  Es un gran misterio el darse cuenta de que cómo alguien que es completamente hombre, como Cristo es, pudo haber vivido sin haber pecado.  ?Así la Escritura nos asegura: “el cual no hizo pecado” (1 Pedro 2:22); “quién no conoció pecado” (2 Corintios 5:21???); “y no hay pecado en Él” (1 Juan 3:5).

Indudablemente, no podía ser posible que Cristo pudiera pecar.  Él enfrentó cada tentación, pero nunca tuvo que luchar para no sucumbir.  El pecado no tuvo atracción para Él: “Porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mi.” (Juan 14:30).  No existía nada en “el Santo de Dios” (Lucas 4:34) que pudiera tener la más mínima atracción al pecado.

Él nos dejó un ejemplo “para que sigáis Sus pisadas” (1 Pedro 2:21).  ¿Pero cómo nosotros vamos a seguir Sus pisadas que nos van a llevar a la cruz?  Si nosotros queremos ser santos, el único ser divino debe vivir en nosotros: “vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:19).  Debe ser “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi” (Gálatas 2:20).

¿Pero cómo Él puede salvar pecadores?  Eso es otra parte del “misterio divino.”

Existe un sólo camino por el cual la humanidad puede redimirse del castigo de la muerte eterna.  Para que un Santo Dios pueda perdonar a los pecadores con absoluta justicia, el pago completo por el castigo debe ser pagado (Romanos 3:9-28).  Un hombre sin pecado alguno, sin merecer la muerte, tendría que morir por el resto de la humanidad: “Porque así por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).

Aunque el eterno hijo de Dios, a través del nacimiento de una virgen, fue un hombre completo, Él continuó siendo Dios.  Ya que Él era un hombre sin pecado alguno, Él podía morir por los pecadores..  Y solo como infinito Dios podía Él pagar por los pecados de la humanidad.  Aun cuando era un feto en el vientre de María, el no cesó de ser el que dijo; “Yo, el Señor, no cambio” (Malaquías 6:1).  Esto es la parte más difícil del misterio.  No podemos entenderlo, pero lo creemos porque lo dijo Dios, y nos damos cuenta que no podría ser de otra manera.  Como Dios y hombre en una persona, Cristo cargó el peso completo de la ira de Dios en el pecado para salvar a toda la humanidad.  “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).  Él sufrió el “padecimiento de la muerte” (Hebreos 2:9) por cada uno de los hombres.  Eso tuvo que incluir la “segunda muerte,” que todos aquellos que rehúsen en creer en Él, quien murió por ellos, sufrirán por toda la eternidad en el Lago de Fuego. (Apocalipsis 20:11-15).

El Calvinismo, sin embargo, enseña que Cristo murió solo por un selecto grupo de personas al que Dios había predestinado para ir al cielo.  El Calvinismo nos dice que Dios ama a todo el mundo, pero no los ama a todos con la misma clase de “amor redentor.”  Aquellos que han sido predestinados para el tormento eterno son amados con un amor menos intenso, pero son amados de todas maneras, porque Dios los ha bendecido en esta vida con la luz del sol, con la lluvia, etc.  ¿Qué amor es éste?  El amor no es sincero si no rescata a todos aquellos que pueden ser rescatados.  El Calvinismo dice que Dios podría salvar a todos si Él lo quisiera, pero Él no lo desea así.  ¡Eso no es amor!

El pasaje paralelo en el Antiguo Testamento de “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23) es “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Isaías 63:6).  Isaías añade; “mas Jehová cargo en Él, el pecado de todos  nosotros.”  La iniquidad de todos aquellos quiénes se han descarriado (los que han pecado) fue añadida, fue puesta, a Cristo en la cruz.

Cristo dijo que así: “como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:14, 15).

Serpientes venenosas fueron enviadas por Dios como castigo por el pecado de Israel.  Aquellos que fueron mordidos murieron.  La serpiente es algo figurativo de Satanás y del pecado que ha mordido a toda la humanidad y la ha condenado a la muerte.  El remedio de Dios fue cuando le hablo a Moisés y le dijo: “Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá” (Números 21:8).

Cristo dijo que todos aquellos que habían sidos mordidos por las serpientes podían mirar en fe a la serpiente en el asta y vivir, así de la misma manera, todos aquellos que habían pecado pueden mirar en fe al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) y recibir la vida eterna como un regalo gratuito de la gracia de Dios.  Estas son las buenas noticias del Evangelio.  Necesitamos proclamarlas a todas partes.

¡Que día tan trascendental fue cuando Cristo nació de una virgen en Belén! ¡Y que día será cuando Él venga a vivir eternamente en los corazones de aquellos que creyeron en Él!  Esta es la victoria de la divinidad de Dios que cada cristiano debería estar experimentando, pero muchos no saben todo lo que podría pertenecerle a uno si estuvieran en Cristo.  Vivamos vidas santas y proclamemos las buenas noticias a todos.

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